19 mar. 2018

Todo populista quiere su barricada, la imagen quieta del óleo de Delacroix, la Libertad con la teta fuera guiando a su pueblo, oseasé, a la gleba encendida en furor, gleba que es propiedad del populista y sus antojos, el arma humana con la que justificar su propaganda antisistema, sustantivo que nos suena moderno pero que es tan viejo como el invento francés que hizo de las calles de París paradigma del terror popular.

Al repasar el famoso cuadro del pintor galo, percibimos que en aquella tela todo quedó relatado, también los disturbios en Lavapiés, los mismos que hace unos años rodearon el Parlamento español, los mismos que prendieron Barcelona con pedradas y policías heridos. Los mismos que rompieron los escaparates del corazón de Madrid, poco antes de que el populismo sentara sus reales neomarxistas en las mismas butacas que decía abominar.

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La Libertad en topless bien podría cambiar la bandera tricolor por una enseña morada, con el sello de cualquiera de sus “confluencias”, que son el escapismo del populista de última camada. ¿Y el burgués tocado por un sombrero de copa y armado con un fusil?... Pónganle el nombre de cualquier niño bien comido y lector de Mafalda (lo siento, pequeña, con lo que te quiero), convencido de que Mercedes Sosa inventó la nostalgia del exiliado (lo siento, Negra, con lo que te escucho). El del sable tiene ínfulas de viejo comunista; abrámosle paso. Y el niño, ¡ay, el niño! con su inocencia violentada por el odio que le ha puesto en las manos un par de pistolones, es el anhelo de quien debería ser la víctima romántica de la trinchera.


A los pies del vulgo están los muertos. Qué más da quiénes sean. Un top manta, un senegalés, un muerto de cartón… Al populista solo le sirven como excusa.

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