5 mar. 2018

Escribo apresurado, a pocas horas de despegar rumbo a Kenia. Por tercer año consecutivo voy a disfrutar del privilegio de ofrecer uno de mis pequeños dones a los habitantes de país tan lejano y distinto. Con más buena voluntad que acierto, decoraré con mis pinturas los ábsides desnudos de tres iglesias pobres y las paredes de un hogar que acoge a varias decenas de niños de la calle, esos menores que no saben nada de los cacareados derechos del niño sino todo lo contrario. Uno de ellos, con el que tuve ocasión de jugar el pasado año, acaba de abandonar la cárcel después de un par de meses de condena. Tiene catorce años, extraña edad para compartir techo y pan con asesinos, ladrones y demás ralea de un rincón del mundo donde la vida tiene el valor del hambre. ¿Su delito? Vender nueces en la puerta de un mercado. La policía le preguntó por su familia y él les dio el número del móvil de su madre. Claro que su madre, soltera y abandonada, tenía el teléfono apagado, sin saldo o perdido. Así que el jovenzuelo fue directo a comisaría, donde empezaron los golpes. Esa misma noche durmió hacinado en una celda de una prisión cercana al centro de Nairobi, en donde las cosas que ha experimentado han sido todo menos bonitas.

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No nos hacemos cargo de qué conlleva una infancia robada, a pesar de que en España también hay niños a los que les arrancan la inocencia a tirones. Pero esos sucesos los tenemos lejos de nuestro entorno; forman parte de la zona tenebrosa de los telediarios. Por eso, entregarles la poquedad de una línea, de una figura, de un color que pueda reconciliarles, siquiera un instante, con la dignidad. Han nacido —como usted, como yo— para esponjarse el alma con la belleza.

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