4 feb. 2018

Educar a los hijos no es tarea fácil. Incluso, en ocasiones es incómoda porque compromete. En mi caso el mayor compromiso tiene que ver con mi tendencia irrefrenable a la comodidad: un hijo, una colección de hijos —una camada, que así suena más rotundo— es una presencia perturbadora para el egoísmo del padre que va cumpliendo años. Si con la llegada del primero de mis vástagos conseguí desvivirme en los mil detalles que trae aparejada tan dulce novedad, con la cuarta había adquirido toda clase de querencias para excusarme de lo inexcusable. Por ejemplo, ante sus llantos nocturnos, que durante meses fueron como tener una sirena de la policía dentro de su cuna. La querencia ante la agresión sonora de madrugada, era simular que estaba dormido, como si fuera posible no despertarse con aquel lloro insoportable. Pero, como decimos en España, mi truco «no colaba»; mi mujer no se creía mis ronquidos impostados y me exigía que me pusiera en pie para tratar de calmar a la criatura. A los dos años, en otra de esas noches interrumpidas por el desconsuelo de mi hija, de camino a su habitación dando traspiés por el pasillo oscuro, en la rendición de mi impaciencia no tuve mejor idea que encerrarla en un armario, anécdota que ahora forma parte del jolgorio de las reuniones familiares. Eso sí, todos saben que el castigo funcionó.

Cuando las familias son cortas, es decir, cuando el matrimonio tiene pocos hijos (a veces uno, nada más), los llantos infantiles no tardan en olvidarse, de igual modo que los consejos acerca de la educación, porque suele ser el niño quien impone las reglas. No siempre pasa, por supuesto, ya que abundan las personas sin hermanos que disfrutan o han disfrutado de unos padres que marcaron un rumbo claro, cariñoso y exigente para su único vástago, que hoy es un hombre o una mujer a quien es fácil identificar por la suma de sus virtudes humanas. Sin embargo, en las sociedades acomodadas suelen ser personas levantiscas, inconstantes, caprichosas y casi tan egoístas como yo, aunque en mi defensa diré que fuimos cinco hermanos que tuvieron unos padres que nos permitieron pocos caprichos.

Hay momentos del día a los que llegamos cansados y deseosos de paz y entretenimiento. Es la ocasión para disfrutar de una película o una serie en el televisor, o para sentarnos a leer un libro envueltos en el silencio, o para escuchar música. Pero es entonces, casi siempre, cuando aparece uno de nuestros hijos —si no dos, tres… o todos juntos— demandándonos tiempo y atención. Lo bucólico que pudiera tener la familia se rompe en ese instante para dar paso a lo sacrificado. Mas es en esa atención cuando la paternidad cobra todo su valor: uno existe para servir, y el primer servicio es el que prestamos a las personas que más queremos, a las que tenemos más cercanas, a aquellas sobre las que ejercemos una responsabilidad. ¿Acaso hay un negocio mejor que forjarlos como hombres y mujeres de bien?

Quienes saben de la materia, están convencidos de que cada gesto de amor de un padre a un hijo tiene como recompensa la repetición, una vez ellos sean padres, aunque en el presente nos embargue la sensación de que no se enteran de nada, especialmente cuando transcurre la adolescencia. De igual modo, cada gesto desabrido, cada mala respuesta, cada desdén también se graba en su memoria, con la grave posibilidad de que en un futuro lo repliquen en nuestros nietos. Y quienes han cumplido con el dignísimo papel de ser buenos padres, aseguran que cada esfuerzo que pongamos por superar la comprensible tendencia a la comodidad, acaba por dar bellísimos frutos. El primero de ellos: la felicidad de los nuestros, razón innegociable por la que merece la pena vivir.



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