3 dic. 2017

Es peligroso juzgar las intenciones. Y casi siempre, injusto. Por eso no quiero cargar las tintas contra la voluntad del pintor, que desconozco, ni contra la falta de juicio de la asociación de belenistas de Sevilla que le ha encargado el cartel con el que se anuncia la Navidad de 2017. La imagen se ha hecho de sobra conocida: un efebo con melenita y alas, la mano izquierda al bies y la otra sujetando una Giralda de tamaño medio y a la altura de una zona delicada del cuerpo —delicada también para los angelotes—, de la que mana un lirio. Supongo que nadie duda que el cuadro se presta a un sinfín de interpretaciones, las más de ellas jocosas y burlonas. El artista dice que ha pretendido homenajear a Murillo (pobre Murillo…) y a los ángeles que decoran el arte barroco (¡angelitos del mundo, uníos!), y no voy a dejar de creerle. Pero lo cierto es que no me imagino al bueno de Machín sacudiendo las maracas con su perezoso movimiento de brazos, el gesto melancólico y la pajarita clavada en la nuez, cantándole al tipo del cartel, que por demás ni siquiera cubre la cuota de raza negra que, hoy por hoy, debería imponerse por ley ante el riesgo de que los espíritus puros de casi todos los Nacimientos (poco importa que hablemos de iglesias, conventos, ayuntamientos o viviendas particulares) sean regordetes, rubicundos, varones y heterosexuales.

Lo triste de la historia, qué voy a contarles, es el seguidismo de los partidos políticos, medios de comunicación, asociaciones vecinales y pandillas de bar y dominó, al sofocón que se han llevado los amigos de las LGTBs ante los comentarios de los ciudadanos en las redes sociales. En la era del pensamiento único, solo nos cabe aguantar y callar, con permiso de los belenistas que escogen a sus pintores.




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