20 nov. 2017

Mi declive arrancó el día que tuve que alejarme el teléfono móvil para distinguir el texto de un wasap. Me engañé durante un tiempo: me decía que el tamaño de la letra de los libros había menguado, como si eso fuese posible; me empeñaba en marcar el teléfono una y otra vez, aunque las llamadas hicieran agua porque confundía el 9 con el 6; respondía auténticos disparates a los mensajes de texto y las páginas que tecleaba en el ordenador se cubrían de subrayados en rojo, convirtiendo mi vida en una falta de ortografía.

Cuando mi mujer —leo por la noche y en la cama; perdón por la confianza— me preguntaba por qué acercaba y alejaba constantemente la novela que tenía en las manos, le respondía con un murmullo malhumorado antes de echarle la culpa a la lamparita portátil con la que había decidido iluminar mi problema de vista cansada.

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Cedí y entré cabizbajo en la farmacia, donde me planté frente a un expositor de lentes baratas, entre quince y veinte euros de lupas con montura plástica. Y sí, mi rutina mejoró aunque no ha vuelto a ser la de antes, pues a mis ocupaciones y preocupaciones he sumado la perenne búsqueda de las gafas, órgano artificial del que dependo y que, indefectiblemente, pierdo cada dos por tres, a veces en situaciones tan humillantes —¿a quién no le sucede?— como aquellas en las que revuelvo la casa entera a cara de perro, sin caer en la cuenta de que  están perfectamente ancladas a mi nariz.


La juventud se aleja hacia los paraísos perdidos. Al menos la juventud externa, porque como mi mujer me quiere así, con canas, arrugas y gafas de presbicia, me siento como un chaval al que las dioptrías le van llenando de gravedad.

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