18 sept. 2017

Es mejor salir de casa con la lista pensada y escrita, con tachones sobre aquellos productos que no son necesarios o que pueden esperar hasta dentro de unos días, cuando el eco de la nevera y la despensa nos obliguen a regresar al supermercado. En otro caso, el carrito se irá llenando con fruslerías que después tienen sus consecuencias en la caja registradora. Cuánto varía la suma de una compra (la largura de un tique, la cantidad total a pagar) si uno se ha tomado la molestia de realizar esos contrapesos, de dar esas prioridades. Lo saben los empresarios del ramo, que salpican los pasillos con uno y mil trucos para que el cliente pique —en el mejor de los sentidos— y compre aquello que no tenía apuntado ni necesitaba.

Quienes hacen la compra a menudo, saben a qué me refiero cuando escribo acerca de la largura del tique. Las familias numerosas solemos llevarnos la palma: metro y medio de tira blanca en la que viene el nombre del producto, su cantidad, su número de registro, su precio unitario y el total. Entran ganas de abrazarse la garganta con una, tres, seis vueltas de esa serpiente con piel de euros enloquecidos. ¡Ay, lo que nos cuesta mantener al futuro de España! Nuestros hijos, a partir de los doce años, comen como si fuésemos a sufrir un desabastecimiento a cuenta de no se sabe qué independencia.

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Los supermercados apenas cuentan con las familias grandes. Puede ser que su negocio no esté en el volumen (lo mismo se vende un saco de tres kilos de patatas que uno de seis) y sí en la variedad. Los alimentos, la droguería, los productos de limpieza se han diseñado para otro tipo de cliente: aquel que no necesita escribir una lista, pues llena el carro a impulsos, ni aporta demasiado al futuro de este país.

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