4 jun. 2017

Nadal no cabe en España. Al menos en la España de la medianía, en la que nada parece más doloso que exigirle a un joven el esfuerzo con el que sacarse las castañas del fuego. De eso nada, que las castañas se las saque otro y que los méritos académicos se conviertan en una circunstancia menor. Total, para qué, si somos el sur de Europa, la Europa divertida, la del sol y la subvención. Dejemos el mérito, el trabajo y el esfuerzo para los del norte y los del oeste, tan aburridos. Incluso para los del este que quieren despuntar. Apenas nos afecta, pues buscarán trabajo en Londres o en Berlín, ahora que ha llegado el Brexit, una palabra que aparece mucho en la tele pero que muy pocos estudiantes de secundaria saben qué significa (¿una nueva bebida? ¿un alucinógeno? ¿un modelo de coche?...) Mientras siga existiendo el fin de semana, el calimocho y la mano extendida en la que los billetes llegan por arte de birlibirloque, nada de esfuerzo, gobierne quien gobierne, porque sabemos lo poco que valen los compromisos electorales en educación: si se exigen notas para que los alumnos puedan promocionar, se levantará la gleba para amargarnos el desayuno con una huelga violenta.

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Si Nadal fuese un alumno de ESO al uso, ¿para qué tanta lucha? Total, si le sobra el dinero ganado con carreras, golpes y honradez, que se dedique sólo a la publicidad: poner tu cara bonita apenas cansa. Pero no, con lesión y sin lesión, con el peso de los años en cada una de sus pantorrillas, la bestia de Manacor aprieta los dientes en cada entrenamiento a puerta cerrada para recordarse a sí mismo la satisfacción de lo conseguido con esfuerzo, con mucho esfuerzo. Pero alguien así, ¿cabe en España? 





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