6 mar. 2017

Por mi barrio todavía penden de alguna pared los carteles que anuncian un circo. Se instaló en un descampado unas semanas antes de la Navidad y recogió la carpa a mediados de enero. ¿Por dónde estará ahora? Quizás en Italia, o en Rumanía después de haber pasado por Francia, pues es un circo de postín. Sé que años atrás abría el telón en un lugar céntrico de Madrid, pero ahora los circos con animales han sido proscritos por el ayuntamiento de la capital del reino, como en otras capitales de provincias.

Elegimos a los administradores públicos para que se encarguen de gestionar con sentido común nuestros impuestos. ¿Y a qué se dedican? Pues a administrarlos no siempre con buen tino y —de un tiempo a esta parte— a prohibir y adoctrinar, a lo que ningún votante les ha dado vela. Pero España es un chollo para los ideólogos, porque el pueblo suele permanecer callado, encantado de que —como en la dictadura— los del PP, los del PSOE, Ciudadanos, Podemos o los partidos nacionalistas legislen lo que está bien y lo que está mal según los devaneos del pensamiento blando.

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Hablo del circo con animales, que fue uno de los paraísos de mi infancia. Ya no están permitidos los números con leones, que me fascinaban por el valor de los domadores, ni los perros inteligentes, ni el cocodrilo que abre sus fauces para que un faquir introduzca su cabeza, ni los elefantes realizando una cadeneta. Qué daño a los niños. Qué daño a tantas familias nómadas que viven de este antiquísimo espectáculo. Sobre su cabeza pende la guillotina de la multa, una multa que es una nueva perversión.

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