1 feb. 2017

Con esto del salto generacional, mis hijos —como los hijos de todas las generaciones— han trazado una línea invisible e imprecisa que separa «mi época» de «su época». La mía, claro está, comprende un tiempo del todo superado por ellos, en el que les parece casi imposible que yo y mis coetáneos lográramos sobrevivir. Y, sin embargo, nada les divierte tanto como que les cuente —yo o mi mujer, aunque en el caso de esta familia el encargado de narrar suele ser el padre, por eso de su oficio de literario— historietas de «nuestra época», es decir, anécdotas que sucedieron antes de que ellos llegaran al mundo, cuando los ordenadores tardaban un siglo en arrancar o, mejor aún, cuando no existían ordenadores, ni teléfonos móviles, ni internet… Un cúmulo de rarezas que les exigen cierto esfuerzo imaginativo para creer que sobrevivir en aquel desierto fuera posible.

Les digo, pero no terminan de creérselo, que también nosotros tuvimos que poner el mismo empeño para viajar con la mente a la «época» de nuestros padres y, más aún, a la de nuestros abuelos. Y que, al igual que les sucede a nuestros hijos, nada nos gustaba tanto como saber que proveníamos de aquellos orígenes del pleistoceno en los que no existía la televisión y en los hogares reinaba un transistor de radio, en los que las fotografías eran mundos en blanco y negro que cada cual debía colorear según le viniera en gana.

A fuerza de «épocas» de abuelos, padres, hijos y nietos, nos hemos convertido en cadena de transmisión de los grandísimos avances del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. Desde aquel primer automóvil que paseaba por una avenida de tierra sin necesidad de señales de tráfico, al coche del futuro, sin gasolina ni conductor. Cuando las cuatro generaciones nos damos la mano, abarcamos la anchura de un mundo cargado de sorpresas para las que ni Julio Verne estaba preparado. Y el milagro no es que Tintín pisara la superficie lunar unos cuantos años antes que Neil Armstrong, sino que mi abuela —la bisabuela de mis hijos— resultara fiel seguidora de la música de John Lennon y Joaquín Sabina, por poner dos ejemplos, o que por sus manos hubiesen pasado los discos de pizarra y gramófono, los vinilos de tocadiscos, las casetes de dos caras, el compacto y la música digitalizada para cada uno de los soportes inventados por el genio californiano de la manzana.

La de las abuelas, para qué negarlo, es la evolución más sorprendente de estos últimos ciento veinte años. A pesar del fuerte carácter de los matriarcados españoles, arrancaron el pasado siglo sin renunciar al injusto segundo plano que les había otorgado la Historia, regalando todo el protagonismo familiar a sus maridos de lustrosos bigotes, mientras con discreción alimentaban la estabilidad familiar con el cuidado de los detalles pequeños. El día que enviudaban, enlutaban para siempre, se retiraban del mundanal ruido y se entregaban a una vida de ancianidad que hoy nos sobrecogería, sobre todo al conocer que aquellos momentos coincidían con lo más lozano de su existencia. Pero es que por entonces la vida era mucho más breve, aunque las abuelas vivieran hasta rozar los cien años, o incluso los superaran. En concreto, era la juventud lo que transcurría apenas en un suspiro. Por eso había mujeres que parecían haber nacido vestidas ya de negro; mujeres que daban la sensación de haber sido viejas desde su primera comunión; mujeres hechas a vivir detrás de un visillo, entre silencios y suspiros.

Desde esa perspectiva, parece mentira el cambio que dieron sus hijas, que al luto le pusieron fecha de caducidad (un año; dos a lo sumo) y se negaron a servir de modelo para esa pareja de viejas castellanas con las que Forges ha firmado muchas de sus mejores viñetas. Esa fue la generación de mis abuelas, que fallecieron poco antes de que el siglo XX terminara, poco después de que el siglo XXI diera comienzo. Reconozco que también ellas cedieron el papel estelar de su matrimonio a mis abuelos, pero sin renunciar a las genialidades que cada una traía de cuna, que las hizo tan especiales. No fue hasta que cumplió los ochenta que una de ellas dejó de teñirse el pelo. No fue hasta que superó los ochenta que la otra dejó de viajar. Y si una de ellas reunía una sorprendente colección de electrodomésticos de cocina capaz de batirse con los de cualquier restaurante de postín, la otra podría haber presumido de un armario digno de la reina de la elegancia.

La tercera generación de abuelas ha dado inicio a su título y dignidad cuando el mundo ya no conoce las distancias. Es posible que muchas de ellas ni siquiera guarden luto el día que enviuden, quizás porque la pena se guarda dentro, quizás porque el negro ya no es símbolo de tristeza. Y es cierto que en su aspecto se confunden con sus hijas y, a este paso, no tardarán en hacerlo con sus nietas. Ellas han logrado convertir la juventud es un modo de vida —interno y externo— que no están dispuestas a perder. 


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