6 feb. 2017

El día que se publiquen estas líneas, me encontraré muy lejos del lugar donde habitualmente escribo —no es otro que mi despacho, en mi casa; nada de exotismos—, pues tengo previsto un viaje que me devolverá al corazón de África (si es que África no tiene múltiples corazones, dependiendo del camino por el que se aborde), imán que tira de mí desde que, con diecisiete años, puse los pies por primera vez en el suelo gredoso de Nairobi.

Iba a señalar que la razón del viaje es lo de menos, pero no es cierto. Uno no debe viajar así porque sí, salvo que se trate de un ir y venir por trabajo, de un viaje para realizar gestiones de mayor o menor calado, que lo mismo podrían resolverse con un encuentro intelestelar en la pantalla, ahora que la tecnología permite semejantes avances y ahorros.


El viaje ha de tener un motivo. Como casi todo en la vida. El principal —por no decir el único— no es otro que conocernos mejor. Conocernos a nosotros mismos, digo. El viajero al propio viajero. El viajero a sí mismo, tal como suena. Porque los paisajes, los monumentos, las obras de arte —si las hubiera— hace mucho que las tenemos secuestradas en las enciclopedias (en las de papel y en las virtuales). Quizá por eso me resulta decepcionante el turismo del ir para ver, fotografiar y tocar. No: nosotros debemos ser el punto de partida, de destino y de llegada. Nosotros lejos de nuestro ambiente, de nuestras querencias, de nuestras seguridades. Nosotros enfrentados a un mundo distinto que nos exige, sí o sí, amoldarnos a las necesidades y exigencias de los demás, algo que en nuestra guarida no es habitual.




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