9 ene. 2017

Lo peor que tiene la Navidad es que se termina. A lo que comenzó con las cajas del altillo, en esas mismas cajas le ponemos punto y final. Son las cajas en las que duermen las figuritas del belén, ceñidas las de barro a viejas hojas de periódico (qué divertido desplegarlas para buscar su fecha y leer las noticias que el tiempo ha deshecho en una mezcla de descomposición —la del papel y la tinta— y olvido), acolchadas por las tiras de espumillón pasado de moda. En el fondo de las cajas está el bracito de un pastor, la pata de una oveja, la mano de un San José que ha recibido la bienvenida ilusionada de varias generaciones y en los poros de su arcilla guarda cientos de besos: besos de bienvenida cuando la Navidad está aún por llegar, besos entristecidos cuando la madre ha sacado las cajas de debajo de la mesa del Nacimiento para que, con el mimo que merecen los objetos familiares, abramos las puertas al largo sueño de un año, once meses sin el musgo seco ni las montañas de corcho, sin la gozosa desproporción de una Judea irreal. La ilusión se queda dormida en las cajas del altillo, con la mula pegada y repegada, la acémila de siempre, la que conocimos cuando despertamos al juego tierno de la Navidad, que no cambiaríamos por una nueva, quizás mejor modelada, más verosímil pero que no sería nuestra mula del belén, que con su hocico de greda lleva toda una vida dando calor a ese Niño que se empeña en volver a pesar del desprecio de ese mundo que es dios de sí mismo y cree no necesitar Navidad ni cajas en el altillo.

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