12 dic. 2016

La vida del escritor no es tan romántica. Si lo fuera, tendría que contarles una mentira. Que escribo mientras contemplo el mar, por ejemplo, y no que tecleo el ordenador en la estación de tren de Valencia al mismo tiempo que una mujer chilla en catalán por el móvil, como si la lejanía con su interlocutor pudiera evitarla a voces. Mal invento éste del teléfono móvil, con el que nos hemos puesto a gritar al mundo nuestra intimidad —lo mismo una conversación laboral que el punto y final a una relación afectiva–, también en el lenguaje de Josep Pla, aunque este lo hiciera en castellano sin que se le cayeran los anillos, algo que los puristas no le perdonan.

No es tan romántica mi vida, digo, porque he sufrido como cualquier mortal el vaivén de esta semana repleta de fiestas, los dichosos puentes, vacaciones en mitad de la cadena de montaje que me obligan a apelotonar los viajes de ida y vuelta. Porque mis viajes, salvo excepciones, son como los de cualquier vendedor de crecepelo aunque sin maleta de muestras. En mi caso, una mochila en la que porto el ordenador, escritorio del juntaletras del siglo XXI, una biblioteca andante, archivo de mi próxima novela así como de los cientos de relatos y artículos que me envían los muchachos del mundo mundial que sueñan convertirse en escritores y se fían de este limitado novelista.

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Fines de semana, feriados, puentes y moscosos dibujan el tablero de la oca de la vida. Puede que japoneses y alemanes no entiendan el placer con el que estudiamos el calendario laboral del año entrante. Y porque no lo entienden, reconozcámoslo, nos producen pena, tenga la Merkel que ver o no con el futuro diseño de la Constitución, cuando los días de fiesta que caigan de lunes a viernes se juntarán al fin de semana, por eso de no perder el ritmo laboral, como si el tajo fuese un baile.


El hombre nace para trabajar, lo dice el Génesis que es palabra de Dios. Pero el trabajo, para ser administrado con sentido común, precisa una de cal y otra de arena, un brindis al sol de cuando en cuando, un puente o un acueducto que nos permita dedicarnos a otras labores: viajar, estar en compañía de los nuestros y desarrollar esas aficiones que a la fuerza nos ayudarán a sobrellevar la jubilación, que se asoma al socavón de la muerte. Digo, de una obra, que es donde los ociosos están obligados a mirar.

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