28 ene. 2005

Chamindra se acerca con paso trémulo hasta la orilla. Las olas rompen de cara al viento, dejando en el aire una estela de polvo de agua. A sus diecinueve años lo ha perdido todo. Un cocotero de tronco retorcido señala el sitio donde se encontraba su hogar, un altozano frente al Índico esmeralda. De la casa de tablas y calamina no queda ni rastro. El altozano es ahora un lodazal. El mar escupe maderas, aceite y muebles rotos. Hasta hace unos días seguía devolviendo los cadáveres hinchados de pescadores y turistas. El océano no entiende de privilegios.

La esposa de Chamindra majaba coco sobre una estera. Aún la ve, soñada, donde se revuelve el estiércol de la desgracia. Con sus manos aplastaba la pulpa blanca, manjar de su pobreza, y de sus pechos colgaba una niña que aún no había aprendido a caminar. El chico pescaba con otros niños en las pozas del arrecife o volaba cometas cuando los días se levantaban ventosos, como hoy.

Chamindra se ha dado cuenta de que apenas quedan reporteros. Las cámaras de televisión de medio mundo comienzan a levantar sus campamentos. Desde Occidente ya lo hemos visto todo, o casi todo. Nos faltan los fantasmas como Chamindra, que van y vienen del altozano a la orilla, de la orilla al altozano, sin mujer ni hijos, sin ese frasco de cristal en el que guardaba los ahorros de la pesca, unas rupias sobadas, promesa de mil sueños (un campo de arroz, un arado y una búfala).Chamindra, como tantos, alza las maderas podridas por el salitre sin saber qué busca. A su alrededor merodean los cuervos y las gaviotas, pájaros de mal agüero. Algunos supervivientes cargan con tablas y otras menudencias para venderlas al peso. Pero Chamindra no tiene la cabeza fresca para convertir en dinero aquel erial de desperdicios y agua sucia que ha desdibujado la línea de la orilla.

Cuando el hambre le pellizca las piernas, se acerca a la misión en la que aprendió a leer y escribir. Allí le dijeron que Dios es bueno, un padre paciente y amoroso. Pero cuesta creerlo. ¿No podía Dios haber detenido el maremoto? Si de verdad fuese bueno, la ola asesina no habría llegado a Sri Lanka, no habría engullido la choza del altozano, habría librado de su furia a la esposa de Chamindra para que siguiese majando coco sobre la estera, para darle otros hijos al pescador. Si Dios existiese, las rupias sobadas habrían flotado entre la espuma para llegar a sus manos después del 'tsunami', como un rayo de esperanza.

Pero Chamindra no se hace estas reflexiones. Inclina su cabeza frente a la imagen de la Virgen del jardín, como cuando era pequeño, y busca el amparo de la misionera que le enseñó a ser un hombre de bien. Las manos artrósicas de aquella vieja europea le sirven una escudilla de arroz y verdura. Chamindra sabe que, mientras la religiosa siga en Sri Lanka, tiene asegurado el almuerzo y un lugar donde dormir. Porque la monja no se ha ido, como los reporteros de las televisiones del mundo, sino que se ha quedado junto a los fantasmas del maremoto. Tampoco se irá cuando las agencias internacionales den la ayuda por finalizada. La religiosa tiene decidido morir en Sri Lanka, como muchas otras hermanas que han sido enterradas en cementerios anónimos de países que ni siquiera interesan a los operadores turísticos.

Aquella vieja sabe que Dios no estaba en el maremoto ni dirigió la ola devastadora contra las costas. Cree que Dios se encontraba junto a la esposa de Chamindra, junto a la niña que dormía en su regazo, junto al niño que pescaba en una poza del arrecife. A diferencia de los miles de muertos, tiene la certeza de que Dios no ha partido. Ahora está en sus manos que le sirven a Chamindra una escudilla de arroz y verdura, en esa compañía hombro con hombro que supera la política más generosa. Dios está en los miedos de Chamindra, en su caminar espectral del altozano a la orilla, de la orilla al altozano. Y en el recuerdo y la veneración a los muertos a los que el lastimoso pescador dirige sus suspiros.
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