20 nov. 2017

Mi declive arrancó el día que tuve que alejarme el teléfono móvil para distinguir el texto de un wasap. Me engañé durante un tiempo: me decía que el tamaño de la letra de los libros había menguado, como si eso fuese posible; me empeñaba en marcar el teléfono una y otra vez, aunque las llamadas hicieran agua porque confundía el 9 con el 6; respondía auténticos disparates a los mensajes de texto y las páginas que tecleaba en el ordenador se cubrían de subrayados en rojo, convirtiendo mi vida en una falta de ortografía.

Cuando mi mujer —leo por la noche y en la cama; perdón por la confianza— me preguntaba por qué acercaba y alejaba constantemente la novela que tenía en las manos, le respondía con un murmullo malhumorado antes de echarle la culpa a la lamparita portátil con la que había decidido iluminar mi problema de vista cansada.

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Cedí y entré cabizbajo en la farmacia, donde me planté frente a un expositor de lentes baratas, entre quince y veinte euros de lupas con montura plástica. Y sí, mi rutina mejoró aunque no ha vuelto a ser la de antes, pues a mis ocupaciones y preocupaciones he sumado la perenne búsqueda de las gafas, órgano artificial del que dependo y que, indefectiblemente, pierdo cada dos por tres, a veces en situaciones tan humillantes —¿a quién no le sucede?— como aquellas en las que revuelvo la casa entera a cara de perro, sin caer en la cuenta de que  están perfectamente ancladas a mi nariz.


La juventud se aleja hacia los paraísos perdidos. Al menos la juventud externa, porque como mi mujer me quiere así, con canas, arrugas y gafas de presbicia, me siento como un chaval al que las dioptrías le van llenando de gravedad.

13 nov. 2017

La fuerza del independentismo se encuentra en la educación. No hablo de las buenas maneras, que también (el desprecio, básicamente, es un no saber convivir), sino de la formación de la mente y el traspaso de conocimientos. Si la enseñanza no se hubiera envilecido, si no se hubiera convertido en la principal herramienta del adoctrinamiento, la mentira nacionalista sería lo que fue en sus comienzos: un capricho de café en una tertulia de burgueses acomplejados.

Qué infecto es jugar con el intelecto de los niños. Y qué fácil practicar ese terrorismo de escuela, en donde la víctima es la infancia y el objetivo la muerte de la Verdad, cuya sangre negra pasa a extenderse a lo largo de toda la vida, salvo que ocurra un milagro (que el que fue niño se vea obligado a vivir en la región del enemigo, lejos del que le obligaron a creer que era el único paraíso en la tierra; que el hambre de conocimiento le empuje a leer los anatemas de la religión catalana, vasca, gallega, corsa, flamenca, escocesa y puede usted seguir enumerando todo el surtido de islas fronterizas con la Historia y el sentido común).



Lamentablemente los nacionalistas no son los únicos que quieren una infancia a la medida de sus teorías políticas. Nos da tanto miedo el ejercicio de la libertad que no hay gobernante que no haya metido las zarpas en el espacio sagrado de una escuela. También de la universidad, especialmente en esas facultades donde se deberían estudiar, con la mayor asepsia, la Filosofía y las Letras, las ciencias de la Educación, de la Historia y la Política. Hemos visto muchas imágenes de esos areópagos del saber, donde profesores y alumnos organizan huelgas y piquetes, y confeccionan pancartas como si estuvieran aprendiendo a recortar y a pegar.

3 nov. 2017

Dicen que el santuario de Lourdes es el segundo destino turístico de Francia. No sé si creérmelo, porque son pocos los turistas con los que allí me he encontrado. Peregrinos, muchos, muchísimos, atraídos por la esperanza que emanan los rincones en los que la Virgen María ha tenido a bien mostrarse. Hay cristianos que se sienten distantes de este tipo de lugares, porque los alrededores del recinto suelen convertirse en un espantoso mercado de rosarios, imágenes de plástico, cirios y recuerdos de poco gusto estético. También ocurre en las calles de la villa de Lourdes, donde a la sombra de los Pirineos repican las cajas registradoras aprovechándose de la fe de sus visitantes. Pero el negocio nada tiene que ver con lo que sucedió en la gruta de Massabielle cuando la Inmaculada tuvo a bien aparecerse a una pastorcita casi analfabeta. Tampoco con lo que ocurre en la basílica ni en los hospitales y hospederías que reciben a miles de enfermos como los que se apostaban junto a la piscina de Bethesda. Allí no hay simonía sino el deseo de encontrarse con la que es mediadora de todas las Gracias, así como de recibir todos los beneficios de los sacramentos (Eucaristía, Reconciliación, Unción) y, por qué no, beneficiarse del poder sanador de una Madre, constatado en tantos milagros certificados por médicos a los que distingue su falta de fe y, por tanto, su objetividad científica.

En Lourdes he conocido a Kepa Etxegarai. Iba a añadir, después de una coma, «paralítico cerebral», como si su discapacidad física, que es casi total, le definiera. Pero no, a Kepa le definen otras cosas mucho antes que sus limitaciones, que saltan a la vista (la silla de ruedas, los movimientos continuos e incontrolables, la dificultad para hablar, la rigidez de sus miembros y los equilibrios a los que está obligado para poder alimentarse). A Kepa Etxegarai, como a casi todos los enfermos que peregrinan a Lourdes, le define, en primer lugar, una alegría ejemplar, así como el deseo irrefrenable de vivir. Y después su sensibilidad artística. Porque detrás del telón de su aspecto, a Kepa Dios le ha regalado una sensibilidad especial, muy fina, participativa de la cualidad creadora de la Trinidad, modo con el que Juan Pablo II distinguía a los artistas.

Haciendo realidad aquel dicho de que las cosas que merecen la pena exigen un esfuerzo superlativo, Kepa se las vio y deseó para poder escribir. Repito que no puede controlar sus movimientos. Pero se empeñó, primero con un puntero atado a su frente, hasta que logró mecanografiar las palabras, y después —tras una lucha titánica— con sus dedos sobre el teclado del ordenador. Y cuando entendió que con esas palabras podía representar su interior, volcó su cualidad de poeta.

«Bajaste desde el cielo/para anunciar tu llegada/a una niña sencilla e inocente», comienza uno de sus poemas, dedicado a santa Bernadette. «Niña de Jesús/ que llevas en el alma/al Hijo de Dios», canta a una pequeña que acaba de recibir la Primera Comunión. «Que se vayan los malditos diablos/de mi cuerpo. /Que vengan los ángeles protectores/para curarme», eleva su oración en otra poesía. «…soñar sin barreras que no nos aten para amar/ soñar que estoy contigo», dedica a aquellos que sufren parálisis cerebral y no pueden manifestar con su cuerpo la dicha del amor.

En Lourdes se deshace la desesperación, y no sólo la de los enfermos sino también la de quienes les ayudan, camilleros y enfermeras según la antigua manera de nombrar a los hombres y mujeres que acudimos, de vez en vez, para atender a esos pacientes que son como ángeles sin alas, misterio de los misterios, pregunta para la que no encontramos respuesta y en la que sólo adivinamos un designio que está más allá de nuestras especulaciones, el bien del mundo a través de los cuerpos crucificados, de la aparente fealdad del declive al que todos acabaremos enfrentándonos, esa zona oscura de la existencia que no tiene cabida en el diseño de nuestro mundo superficial.


Kepa Etxegarai es un milagro, un poeta que ha venido a redimir a este pequeño escritor que tantas veces se queja por asuntos que no dejan huella, bagatelas de quien tantas veces pierde la inmensidad del horizonte, concentrado en sus planes diminutos.

2 nov. 2017

Todos participamos de ciertos fariseísmos. Casi siempre son menores, como cuando entre amigos decimos despreciar a las revistas del corazón y, sin embargo, en la sala de espera del médico nos lanzamos en plancha sobre la mesa de la prensa, dispuestos a ponernos al día en los dimes y diretes de la camarilla de la estúpida felicidad. Otro es el de las redes sociales, de las que aseguramos sentirnos distantes y a las que, sin embargo, dedicamos los momentos mejores de la jornada, siempre ofreciendo en ellas nuestro mejor perfil, para que el mundo mundial pueda creerse que también somos parte de esa camarilla de la estúpida felicidad. Y otro más es el de la televisión, que abominamos como si fuese la boca abierta de un dragón, sobre todo en sus sobredosis de basura o de realidad mercantilizada, cuando las cocinas en falso directo y los escenarios para los cantantes de primera hornada son la ventana de nuestra sobremesa nocturna.


Hay fariseísmos de los otros. De los malos. De los vergonzantes. De los oprobiosos. Como el de Hollywood, que desde hace semanas se tira de los pelos y se mesa las barbas ante el modo con el que Harvey Weinstein, rey midas de la producción cinematográfica, se cobraba los favores que hacía a determinadas actrices, jovencitas y de buen ver. El New York Times ha cantado la gallina y por eso florece el «si te he visto no me acuerdo», el «todos lo sospechábamos», el «¿Amigo?... El señor Weinstein era un conocido, nada más, aunque cenara en casa todos los viernes».

Quienes trabajan en el ramo, también en el negocio de la televisión y de la música, susurran que sus mundillos están cuajado de abusadores como Weinstein, pero que no pueden dar nombres. Deberíamos añadir, sin fariseísmos, que no nos extraña la existencia de tantos depravados en una cultura hipersexualizada como la occidental (escuchen la letra de algunas de las canciones dirigidas a los adolescentes, analicen la falta de elipsis en las escenas de cama en series y películas), en la que todo lo relacionado con el bajo vientre se da por bueno, sin que nadie cuide siquiera de la salud emotiva de los niños: cuando escribo, las marquesinas de las paradas de autobús —en las que se detienen las rutas escolares— muestran un anuncio en el que aparece un tipo con un gesto de satisfacción, junto a un mensaje relacionado con el orgasmo. Nada nuevo bajo el sol; nuestros hijos han crecido rodeados por la libido desatada de muchos publicistas.

Ante la historia de ese productor miserable, me ha venido a la memoria el arrobo con el que hemos atendido a una serie de personajes públicos que alardeaban de su falta de control sexual, sin poner en valor a las mujeres (o a los hombres, porque entre esos personajes también hay mujeres de estímulos insaciables) con las que compartieron sus aventuras. Algunos presumían de haber disfrutado de varias miles. Y aunque «menos lobos, caballerete», lo cierto es que no cuesta imaginarse a algunos de esos depredadores confundiendo el nombre de la que hacía de la trescientos dieciocho, con la que fue la trescientos dieciséis. Sabemos que los sexodependientes usan su poder para satisfacer tantos antojos, siempre a cambio de promesas de fama, lujos o dinero. Otras veces es la violencia a la que empuja el consumo de drogas y alcohol en fiestas donde todo es un despiporre, como ocurría en las orgías que organizaba el recién fallecido fundador de Playboy, aquella revista que convertía a preciosas señoritas en objeto de disección (algunas reconocen que después de haber pasado de mano en mano de hombres ricos, influyentes y mayores, pensaron quitarse la vida).

El hombre que desprecia la sensatez en estos asuntos, suele comportarse con enorme cobardía. Por eso —que los fariseos no se lleven las manos a la cabeza— se revuelven cuando aparecen, años después, hijos ilegítimos a los que no están dispuestos a reconocer. Juzgan que un hijo es algo demasiado serio para ser consecuencia de un capricho inmediato, como si el sexo no fuese el camino de la procreación, así que abandonan toda la responsabilidad en la madre, por no haber pedido jugosos fajos de billetes a cambio del silencio o por no haberse sometido a un aborto que solucionara semejante dolor de cabeza.









30 oct. 2017

En el Museo de Cera de Madrid, donde cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, en una sala oscura repujada de espejos e iluminada apenas con unas tenues luces azules, una representación de Pinito del Oro se sostenía en un trapecio móvil, en una eterna y dolorosa sentadilla que, sin embargo, no reprimía su sonrisa de lentejuelas. No sé si el sosías de la artista circense seguirá allí, colgado del techo. Puede que no. Si lo quitaron, habrán aprovechado su cabeza para endilgársela a la figura, no sé, de la duquesa de Alba, doña Cayetana. Repito que allí cualquier parecido con la realidad es innecesario.

España fue un país de poco pan y mucho circo. Circo, además, con nombres propios que saltaban de generación en generación. Compusieron sagas de payasos, domadores, equilibristas y trapecistas que engrandecieron a nuestro país por todos los rincones del planeta. La televisión los mató, así como el desprecio de la cultura moderna al mayor espectáculo del mundo, que no es un invento dirigido solo a los niños sino a los adultos capaces de soñar gracias a las chiribitas y el olor inconfundible de la arena mezclada con los orines de los elefantes.



Amo el circo. Especialmente el circo trashumante que a día de hoy copan los rumanos, pues el resto de Europa, por desgracia, se ha olvidado de reír con inocencia. En muchos lugares les han prohibido las fieras, los números con animales amaestrados, porque los administradores —tenedores de mascotas a las que visten con jerséis y botines después de castrarlas— creen que las bestias merecen paga y sindicato. Así que casi nadie sabe ya quién fue Pinito, ni los Tonetti, ni los Raluy, ni Ramper, ni los Álvarez ni Charlie Rivel. Tampoco recordamos el nombre de los principales ejercicios del trapecio, que se han quedado decapitados en el desván del Museo de Cera.
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