11 sept. 2017

Juan y Medio es simpático, rápido en la concatenación de sus habituales chascarrillos y cercano al público, especialmente al que ha pasado el friso de los setenta y a los niños, aunque escribo por aproximación, ya que estoy lejos de interesarme por aquello que se llamó «la caja tonta». Sé que es un profesional abonado a la parrilla de Canal Sur desde que el mundo es mundo. En sus platós ha pintado la mayoría de sus canas. Conduce espacios amables, destinados a un público sencillo, no demasiado exigente en el contenido de los guiones o la calidad de los invitados. Le he visto ataviado de esmoquin con motivo de algún programa de variedades —presentando a artistonas de bata de cola—, protagonizando esas galas interminables que giran alrededor de las bromas de cámara oculta y felicitando el nuevo año, copa de cava en ristre. 

La rápida difusión de lo grotesco a través de las redes, nos ha permitido conocer unos minutos en los que, en directo, ha acosado tijera en mano a una de sus colaboradoras, a la que ha cortado la falda entre el jolgorio del público de autobús y bocadillo, sin que lleguemos a comprender su intención. Nada nuevo, me parece, en el día a día de las televisiones, que pasaron de emitir bailes regionales en blanco y negro a mostrarnos la coyunda verbal, mímica, vulgar y mal intencionada de un abanico de sujetos prescindibles. 

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No existe imagen más devastadora de nuestra modernidad, que el de una hilera de ancianos aparcados en cualquiera de las residencias de nuestro país frente a un televisor en el que barraganes y barraganas flamean su corazón podrido. Esos abuelos se habrán merendado el ataque hormonal de Juan y Medio con sus tijeras, y no habrán movido una ceja, pues es más de lo mismo.




8 sept. 2017

Acabo de regresar de unas largas vacaciones de verano. Vacaciones en toda regla, en cuanto al punto y seguido que le he puesto al trabajo, ya que me he desprendido voluntariamente de mi oficio para dedicarme con exclusividad a los míos (mi familia y mis amigos), lo que he vivido con cierta sensación de novedad, pues no recuerdo los años que han pasado desde que en el mes de agosto no enciendo recurrentemente la computadora para elaborar un artículo de opinión, contestar algunos mensajes recibidos por correo electrónico o corregir el capítulo de alguna de mis novelas. Es lo que tienen los oficios artísticos en los que prima la responsabilidad tanto como la inspiración: uno vive como un caracol, con las musas a cuestas.

Les confieso que la decisión no la tomé yo. Al menos, no la tomé del todo. Fueron mis hijos los que me rogaban que durante las vacaciones me olvidara de trabajar, porque son testigos de primera línea de la dulce esclavitud a la que me somete este oficio de juntaletras. Escribo en casa, en soledad durante la mañana, cuando ellos se encuentran en el colegio; en medio del bullicio de una familia numerosa, cuando regresan de la escuela. Además, mi mesa de trabajo está en el rellano de la escalera que se abre a la habitación de juegos. No debo vestir el motivo con la bucólica necesidad de recurrir a sus infantiles distracciones como señuelo para las historias que disecciono sobre el papel en blanco. Todo es mucho más prosaico: cuestión de espacio. En mi hogar no disponemos de una habitación para mis quehaceres.

He contado alguna vez esa etapa por la que todos mis hijos han pasado, en la que me solicitaban que dejara el teclado para hincarme de rodillas y participar en sus juegos de construcción o de muñecas. Nunca me ha resultado fácil explicarles que los adultos tenemos prioridades que se deciden por criterios que son ajenos a la infancia. Y entre todas ellas, el cumplimiento del deber (la finalización del trabajo) es una de las primeras. Quizás por eso me habían exigido el desquite de este verano: cuatro semanas sin prender la pantalla del ordenador portátil; cuatro semanas sin detenerme en el guiño del cursor; cuatro semanas sin practicar revisiones ortográficas. Y la lectura, para la noche, cuando ellos estuvieran dormidos.

La experiencia ha sido maravillosa, aunque me sentí extraño durante los primeros días, como si me faltara algo: las palabras se me escapaban sin encontrar una hoja en la que imprimirse. Pero no tardé en dejar que el viento se llevara los verbos, los sustantivos, los adjetivos y adverbios al mar, donde debieron de ahogarse o convertirse en yodo. De hecho, la orfandad de frases y párrafos me ha ayudado a darme cuenta de la dimensión cristiana de las vacaciones en familia, que son el mejor de los inventos del hombre moderno, a pesar de que seamos pocos, muy pocos, los que tenemos la fortuna de disfrutarlas. En Europa, además, son un derecho reconocido por la ley, aunque todos sabemos que los textos legales que buscan el bienestar del individuo y la familia, tantas veces son más un deseo, sobre todo para aquellos que tienen la prioridad de llevar el pan a casa, sin regulación laboral que valga.


Si durante el curso disponemos de una sucesión de meses para analizar los beneficios personales, familiares y sociales del trabajo, contemplado como uno de los más eficaces instrumentos para vivir la suma de las virtudes, ha sido durante este agosto ya vencido cuando he comprendido lo conveniente de romper los lazos de las obligaciones para dedicarnos, sin prisas, sin urgencias, sin relojes, a quienes queremos.

4 sept. 2017

Veraneo en el verdor de la España húmeda, allí donde la lluvia no se comenta porque forma parte de lo habitual, de lo razonable. Llueve porque tiene que llover. Llueve para que el forraje esté siempre verde. Llueve porque ese rasgar de nubes es alimento para los bosques. Llueve porque el mundo —lo ven desde niños— se aviva con el agua del cielo. Llueve para que la borrasca se lleve el detrito de los veraneantes, ruidosos y movidos, siempre con prisas, coche va coche viene, sin tiempo para sentarse al abrigo de un tejado para ver llover sobre el telón de julio y agosto, meses en los que el celaje gris apenas se ha tomado respiro.

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Por eso el regreso a través de Tierras de Campos, cruzando el mar de las mieses cosechadas, hacia Madrid, que es un gigante tumbado en mitad de la Meseta, es un viaje sobrecogedor a través de las fiebres de la canícula. Así lo expresaba la menor de mis hijas, al asomarse esta mañana al descampado que está frente a mi casa: «Papá, ¿lo han quemado las llamas o lo ha quemado el sol?». Ella se marchó en un junio tardío en el que todavía quedaba alguna espiga jugosa, y acaba de volver en este septiembre en el que la vida es un erial de pasto agostado, como si los rayos impenitentes se hubiesen echado a dormir allí donde en primavera crepitaba la vida.

Mis hijos tienen todavía el reflejo de la España verde en los ojos. Yo también, y no quiero que me desaparezca, pues la intensidad de ese color disfraza los contados y amarillos parches de naturaleza que desafían al cemento de la gran ciudad, salvo en aquellos parques a los que beneficia la generosidad del riego nocturno.



1 sept. 2017

Soy de llevar la procesión por dentro. Por eso durante la infancia no exterioricé el íntimo dolor que me causaban aquellos cartelones —ahora están prohibidos; antes copaban buena parte de las fachadas de la ciudad y del campo— que anunciaban, a partir del dieciséis de agosto, la vuelta al cole. Con sus colores estúpidamente subidos de intensidad venían a arañarme la dulce paz del veraneo. ¿Qué necesidad tenían de amenazar mis paseos en bicicleta con toda la tarde por delante, bocadillo de mantequilla y azúcar en el bolsillo del pantalón? ¿Por qué el pregón adelantado de los libros de texto y los uniformes, de las carteras y el material de papelería, cuando ni siquiera habíamos logrado empacharnos de playa y piscina, de ver caer el sol por el horizonte, como una yema, bien pasadas las nueve de la noche?

Lo que peor llevaba era la desfachatez de los protagonistas de aquellas piezas publicitarias (también salían por televisión, aunque aquí es más frágil mi memoria), niñas y niños que saltaban de felicidad con sus zapatos nuevos, los brazos al aire frente a una pila de libros de texto. ¡Puaj! qué asco de colegas. Sólo con un esfuerzo por no ser rencoroso, consigo perdonarles el daño que me hicieron, pues con su alegría fingida cuajaron mis sueños estivales con la pesadilla de un examen para el que no estaba preparado, de llegar al colegio sin zapatos ni calcetines, de perder el libro de Historia una y otra vez…

Después, la cosa no era para tanto. Aún quedaba un largo mes de vacaciones por delante, con tiempo para aburrirse (sobre todo a partir de septiembre, abandonado ya el paraíso canicular) y para que se avivara la brasa del amor colegial, que también existió. Es más: reconozco que fui muy feliz durante aquellos doce años en los que estudié EGB, BUP y COU en los mismos edificios.

Septiembre trae de sopetón un aire distinto, aunque físicamente no haya razones para que cambie nada. Sin embargo qué poco se parecen el 31 de agosto y el primero del mes de la vendimia. Siento que es el aire, la presión atmosférica, la inclinación de los rayos del sol. Pero no; es la disposición del espíritu que, como el atleta que está a punto de entrar en la pista, nos obliga a vivir avizores. Por el buzón vuelven a colarse las facturas, ese rosario de pagos mensuales que enciende el diapasón del curso, que no dejará de marcar —tic-tac— el compás de los próximos once meses.

Ante la sensación de que el tiempo no ha pasado, de que el descanso no nos ha dejado huella, de que faltan demasiadas hojas de calendario para que podamos volver a tomarnos unos días de calma chicha, es necesario reflexionar acerca del sentido que tiene nuestra vida. Porque nadie ha nacido para alimentar la cuenta corriente de la que comen las empresas de electricidad, gas, agua y teléfono. Ni para pagar colegios y universidades. Ni para completar los plazos de una hipoteca. Todo eso son accidentes —no demasiado agradables, convengamos— de un vivir que tiene que aspirar a más, a mucho más.

Cada cual tiene su camino, que llega marcado por las más variadas circunstancias. En él se agazapan la aventura y la felicidad, escondidas en nuestros amores, nuestros amigos, nuestros familiares y compañeros. También los dones, esas habilidades prestadas con las que llegamos al mundo, aficiones que podemos convertir en pasiones que carguen de sentido y novedad cada jornada. Y el trabajo, algo más que un medio grisáceo que se nos compensa con una nómina.


El curso empieza ahora, en septiembre, a pesar del pretexto secular de la industria que quiere hacer su agosto a partir de mediados de agosto, con la hiel que para cualquier niño significa el recuerdo inoportuno de las obligaciones escolares. Empieza el curso y lo divertido, y lo gratificante, y lo nuevo también. Prosigue la sorpresa del día a día, a pesar del envoltorio aburrido de una pretendida rutina.

2 ago. 2017

El verano tiene tantas lecturas como veraneantes. Me refiero al verano que relacionamos con las vacaciones, no a los meses de la estación en los que nos derretimos en nuestro puesto de trabajo, de camino de ida o de vuelta a casa, en esas noches de azogue en las que ni se mueven las hojas de los árboles.

Hay personas que leen el verano como un tiempo de feliz desconexión, y otros a los que las nuevas tecnologías y unos jefes maleducados no les respetan sus semanas de asueto. Hay otros que leen la languidez de los días sin obligaciones como un aburrimiento que fácilmente les empuja a la ira. Los hay que no soportan que la lectura del verano les obligue a mirar a la cara —durante tantas horas— a la persona con la que comparten techo, tal vez porque durante el curso no han buscado tiempo para decirse nada más allá del «qué cansado estoy», «¿qué hay de cenar?», «abre la nevera y te cocinas lo que quieras», «mañana te toca llevar a los niños al colegio», «de eso nada, que los he llevado y recogido hoy». Se entiende que cuando cierran el libro del verano no les quede, pobrecitos, otra salida que la separación.

Pero la lectura del verano suele ser más jugosa y alegre. Lo es para la mayoría de los hombres y mujeres con cordura, lo es siempre para los niños, aunque no para tantos abuelos que se quedan bajo el aire acondicionado de la residencia, perfectamente aparcados ante el televisor, que les atiza la dosis diaria de basura y publicidad. Más allá de estas penas —¡pobres abuelos, tan mal pagados!—, un buen libro de verano se compone de páginas y páginas de naturaleza, de deporte al aire libre, de puzles y otras aficiones, de barbacoas y partidas de mus (lo anuncio, sólo sé jugar al continental siguiendo mis propias reglas, y aun así lo habitual es que pierda), de puestas de sol y gin-tonics, de ropajes coloridos y bronceados, de familia, mucha familia, de verbenas y fuegos artificiales, de siestas reparadoras, de amores adolescentes, que suelen venir con las mareas de la canícula, amores de promesas cuyo cumplimiento se vaporiza en el invierno, sobre todo ahora que se ha acabado la correspondencia, esos sobres que llegaban matasellados y la dirección escrita con boli Bic y en redondilla (¡ay, qué preciosos recuerdos), porque los whatsapp rompen los suspiros como si fueran pompas de jabón.

En todo caso, la lectura del verano se construye con libros. Con auténticos libros, pues el verano ofrece —por fin— tiempo para leer. Aunque ahora lo dudo, pues las vibraciones, las melodías, los silbidos y otras tonadas de los pretendidos teléfonos inteligentes interrumpen el sosiego que exige toda lectura, hasta hacerla imposible. ¿Qué hacemos entonces con los novelones que habíamos reservado para agosto? ¿Qué con esos poemarios que nos prometían grandes emociones cuando los abriésemos frente al mar? ¿Y con los ensayos, las biografías, la espiritualidad o lo que cada uno escoja del maremagno de la literatura universal? No sé responder a estas preguntas. Es más, me rebelo al plantearlas, pues vienen a decirme que estamos desistiendo a una de las pocas actividades que son, a un mismo tiempo, lúdicas y culturales.

Sin lecturas en verano, sin libros, sin conversaciones alrededor de esas páginas por las que vamos avanzando al compás del calendario estival, limitamos nuestra libertad. La libertad de nuestra imaginación, la libertad de nuestra elección, la libertad de nuestra formación intelectual, la libertad de nuestro mundo propio. Y sin libertad, sin lectura, quizás el libro del verano se convierta en aquello de lo que siempre nos hemos reído: un tiempo para los horteras que gustan lucir palmito —y teléfono móvil— por la orilla de la playa.


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