3 jul. 2017

Cada vez que llega a casa la compra de la semana, me entran unos sudores fríos de culpabilidad, pues sobre el suelo de la cocina va creciendo una montaña informe de cartones y plásticos, los que envolvían los alimentos y productos de limpieza –del hogar, de la familia- que, a su vez, llegan en el interior de otros envases de cartón y plástico, como en un infinito grabado de Escher, en el que los ojos del espectador no son capaces de llegar al remate de una eterna línea de fuga. El volumen de los detritos de plástico y cartón son la Montaña Mágica, inacabable como el novelón de Thomas Mann, apasionante y tedioso a un mismo tiempo, en el que el lector tiene la sensación de que las páginas se reproducen al ritmo que uno las lee, como si fuese imposible alcanzar el punto y final.

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He visto la fotografía de un ballenato varado en una playa filipina. Una vez se destetó para entregarse al nado solitario de los cetáceos, confundió el krill alimenticio con las botellas de dos litros, las compresas, las palas y los rastrillos de los niños, las colillas, las bolsas del Mercadona y toda suerte de porquerías que las mareas arrastran desde las playas hasta la mitad del océano. Con ellas se llenó la panza, como si fuera el camión de la basura que pasa, puntual, frente a nuestra vivienda. La ballena no sabía que su jugo gástrico no es capaz de disolver los derivados del petróleo, ni que los envases de la Coca-cola se repiten en burbujas picantes, ni que un puñado de compresas apelmazado en el fondo del píloro provoca un tapón irrompible. Por eso el pobre animal aleteó hasta la playa del país del mundo en el que se lanzan más vertidos contaminantes al mar.



26 jun. 2017

Cuando no hay una autoridad que sujete la tendencia cainita del español, se nos retuercen los colmillos y, en lo que dura un parpadeo y sin tener en cuenta el largo tiempo de dulce convivencia, reencarnamos el odio atávico que llevó a nuestros abuelos a liarse a tiros hasta matarse. Así se entiende que un amable acomodador del cine Capitol de Madrid, pasara a convertirse en uno de los más sanguinarios chekistas, sobre todo cuando le caía el gozo de destripar a los señoritos a los que antes acompañaba hasta su localidad.

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Claro que uno no odia si no quiere, porque la peor de las pasiones depende de un ejercicio libre de la voluntad. Con esa voluntad libérrima se puede, si se quiere, desear el mal ajeno e incluso propiciarlo o ejecutarlo, por ejemplo, desde los puestos de autoridad que ofrece el servicio público. Así, a golpe de rumor, de declaración, de noticia, de ley, de prohibición, de amenaza, de multa, de clausura… los poderosos de hoy odian y contagian su odio contra sectores muy diversos de la sociedad, sectores –por demás- ajenos a sus urdimbres ideológicas.  Pienso en los colegios de educación diferenciada. Pienso en los que no hacemos apología de nuestra heterosexualidad. Pienso en los universitarios que usan las capillas de sus facultades. Pienso en las familias numerosas. Pienso en los aficionados a los toros. Pienso, incluso, en los pocos fumadores que resisten junto a sus cajetillas pobladas de enfermedades repugnantes.


Ya que estamos en días de extraños orgullos, de reivindicaciones en látex y gestos obscenos, me subo al taburete del ciudadano indefenso, del ciudadano de a pie, para proclamar el orgullo de ser libre sin necesidad de odiar, al tiempo que ruego un tratamiento urgente a nuestra personalidad atávica para que podamos entendernos, de una vez, sin necesidad de repudios.

19 jun. 2017

Una jerónima, en pleno mes de junio, entró en el salón envuelta en su sayal de lana basta y espesa, con la cabeza y el cuello ceñidos por el casquete de algodón impoluto sobre el que le caía el velo negro. Les aseguró a sus familiares que el calor se hace más calor en cuanto se piensa en él, otra manera de reconocer la elegancia con la que llevaba su penitencia, ligada a ese modo de vestir fuera de época que durante el invierno no parece suficiente para taparse de los fríos del convento, que durante el verano parece excesiva para los más de cuarenta grados que golpean esta España en la que las suelas de las alpargatas se quedan pegadas al asfalto. Sin embargo, la jerónima no parecía abatida por aquel sofoco, los suyos venga a golpearse con el abanico, derrengados en los sillones, con gesto de comenzar a morirse de deshidratación.

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A fe que la buena religiosa tenía más razón que un santo: ante las inclemencias atmosféricas no hay nada tan inteligente como ponerse de lado. ¿Que hace un calor que hasta los pájaros caen desmayados de los árboles? Pues claro, amigo, que estamos a mediados de junio... ¿No pretenderá que en estas calendas sople el cierzo y caiga una tormenta de nieve? Eso sí que sería excepcional y motivo justificado para apañar una tertulia. Pero el calor, este calor que derrite el metal no es distinto al de otros años por estas fechas. Además, si ahora hablamos a todas horas del bochorno, en invierno hacemos lo propio con el frío. El frío de noviembre, de febrero… pero qué frío, la que está cayendo, ni que estuviésemos en el Polo, si hasta han cortado las carreteras… Y qué quiere usted, ¿qué en diciembre arree el sol como si estuviésemos en vísperas de San Juan? Eso preguntaba la jerónima, sin que en su rostro brillase una sola gota de sudor.


12 jun. 2017

No sé si la Selectividad es la mejor manera de evaluar los conocimientos de un bachiller como colofón a su paso por el colegio o el instituto. No sé si el sistema es justo: muchos alumnos se juegan su futuro universitario a una carta, dado el valor que tiene la corrección de dicho examen en el cómputo final de una etapa tan importante como la que transcurre desde que un muchacho comienza sus estudios secundarios hasta que recibe la media definitiva al final del Bachillerato. Es el precio que pide la administración para que los adolescentes puedan matricularse en una Universidad pública. Cada facultad o escuela marca su nota de corte para admitir a los alumnos de primer curso, y en esa nota Selectividad supone casi un 60% del total, frente al 40% de los méritos demostrados en la última etapa escolar. El 60% de un único examen (repartido en dos o tres días) y el 40% de dos años de pruebas continuadas, exámenes parciales y exámenes finales. ¿Ecuánime? Que juzgue cada cual.

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Son pocos los chicos que no aprueban Selectividad en la primera o en la segunda convocatoria. De hecho, el examen puede superarse con un cuatro, el “insuficiente” de toda la vida. El problema llega con las décimas, porque décima arriba, décima abajo se resuelve el destino de muchas vocaciones (sobre todo científicas) ante la limitación de las aulas, en las que caben los alumnos que caben. Si la Universidad pública no fuese puchero para todos sino para la élite de jóvenes con condiciones, cualidades y espíritu universal, otro gallo cantaría en este país repleto de diplomados y licenciados en paro o ejerciendo oficios que nada tienen que ver con las aptitudes logradas durante su paso por el campus. En este sinsentido, Cuba es España con más negritos, España es Cuba con más salero.



9 jun. 2017

A nadie le he dado permiso (al menos de manera consciente) para que me bombardee el correo electrónico con publicidad. En las páginas web que consulto o que utilizo para realizar algunas de mis compras, soy cuidadoso en marcar la casilla en la que se ruega que no se envíen anuncios ni promociones. Ya saben que si uno tiende la mano con confianza, las empresas acaban por arrancarle el brazo, así que me mantengo a distancia de cualquier primicia, concurso, bono, regalo… aunque me aseguren que junto a ellos alcanzaré el nirvana.

Sin embargo, en esta sociedad del espionaje (¿qué es internet sino una herramienta para que las compañías lo sepan todo de usted y de mí?) la voluntad del usuario apenas cuenta. Realidad indignante que me obliga, cada mañana, a marcar como SPAM una baraja de correos. De poco sirve: los robots se las ingenian para contratacar aún con más saña, sin tener en cuenta mis gustos, mi estado, mis principios, mi libertad.

No hay semana en la que no me sorprenda por medio de uno de esos anuncios intrusivos. Un anuncio repetido, por cierto, que también se me ha colado por el teléfono móvil mediante una llamada fantasma en la que una voz femenina, susurrante y lujuriosa (grabada, tengo que añadir) me propone ser infiel a mi esposa de una manera discreta (faltaría más, añado de nuevo). ¿Quién le ha dado venia a las compañías de contactos para enviarme sus emails? ¿A quién han comprado mi dirección electrónica? ¿Qué es eso de llamarme por teléfono al dial que marcan mi mujer, mis hijos, mis amigos…? ¿A quién han comprado mi número? Y, sobre todo, cuál es el precio que me han puesto para tratar de convertirme en un traidor a mi familia; cuánto les ha costado la posibilidad de que, ante la oferta de su producto, pueda hacer un daño irreparable a los míos.

La realidad virtual ofrece la posibilidad de entender la vida como un juego sin responsabilidades, pues la pantalla protege, en principio, nuestra identidad. Por eso hay tantas personas que, amparadas por la soledad, ante la computadora se transforman en monstruos, aunque la vecindad les tenga por gente correcta que da los buenos días y baja la basura al portal. El flirteo on-line no deja de ser uno de estos juegos, un juego peligroso a pesar de su apariencia divertida. El disfraz que vestimos en la red de redes, nos permite mantener contactos brevísimos, relaciones fugaces que prefiero no detenerme a describir.

La banalización del sexo es una obsesión que, si no se le pone coto, termina por anegar la vida, también la parcela sagrada de los niños. Pero como Occidente ha enloquecido, la gleba la entiende como una expresión de libertad. Nos olvidamos de que la obsesión es una enfermedad mental, que cuando no recibe tratamiento por parte de un especialista deriva en un trastorno de salud que, si se descuida, puede empujar a la locura. También la banalización del sexo es un pingüe negocio, una industria que mueve millones de euros y dólares a lo largo y ancho de este Occidente decadente. En España, sin ir más lejos, se abren supermercados del sexo junto a los parques de recreo infantil y los cines; se celebran ferias de sexo en los mismos recintos de las ferias de automóviles, de muebles y regalos; se mete el sexo con calzador en películas y series televisadas, también destinadas a los niños.

Pero les hablaba de la publicidad que me llega por internet, de los anuncios que desean convertirme en un fornicador, en un mentiroso, en un irresponsable. Les hablaba del ordenador, que es mi instrumento de trabajo y cada mañana vomita la falta de escrúpulos de quienes se cuelan en mi vida sin permiso.



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