6 feb. 2017

El día que se publiquen estas líneas, me encontraré muy lejos del lugar donde habitualmente escribo —no es otro que mi despacho, en mi casa; nada de exotismos—, pues tengo previsto un viaje que me devolverá al corazón de África (si es que África no tiene múltiples corazones, dependiendo del camino por el que se aborde), imán que tira de mí desde que, con diecisiete años, puse los pies por primera vez en el suelo gredoso de Nairobi.

Iba a señalar que la razón del viaje es lo de menos, pero no es cierto. Uno no debe viajar así porque sí, salvo que se trate de un ir y venir por trabajo, de un viaje para realizar gestiones de mayor o menor calado, que lo mismo podrían resolverse con un encuentro intelestelar en la pantalla, ahora que la tecnología permite semejantes avances y ahorros.


El viaje ha de tener un motivo. Como casi todo en la vida. El principal —por no decir el único— no es otro que conocernos mejor. Conocernos a nosotros mismos, digo. El viajero al propio viajero. El viajero a sí mismo, tal como suena. Porque los paisajes, los monumentos, las obras de arte —si las hubiera— hace mucho que las tenemos secuestradas en las enciclopedias (en las de papel y en las virtuales). Quizá por eso me resulta decepcionante el turismo del ir para ver, fotografiar y tocar. No: nosotros debemos ser el punto de partida, de destino y de llegada. Nosotros lejos de nuestro ambiente, de nuestras querencias, de nuestras seguridades. Nosotros enfrentados a un mundo distinto que nos exige, sí o sí, amoldarnos a las necesidades y exigencias de los demás, algo que en nuestra guarida no es habitual.




1 feb. 2017

Escribió San Pablo, en una de sus cartas a los cristianos de Corinto, que conservamos la Gracia en vasos de barro, un modo gráfico con el que explica que el único mérito en la historia de la Salvación es el divino y que a los hombres sólo nos corresponde manejar con mimo nuestro personal recipiente. Y porque la película «Silencio», de Scorsese, habla de la Gracia y del barro, al caer el telón me fui del cine dándole vueltas a la advertencia del Apóstol de los gentiles, que como los jesuitas que protagonizan la cinta —una obra maestra que el espectador paladea durante días, pues tiene mucha más miga que la que ofrece su largo metraje— fue perseguido, maltratado, torturado, injuriado, juzgado, condenado y martirizado por su fidelidad a Cristo. La diferencia, sutil pero fundamental, radica en la determinación fiel de Pablo ante la cruz, frente a la apostasía de los sacerdotes ante la hostilidad salvaje de las autoridades niponas del siglo XVII.

Si la Gracia no existiera, si Dios no se hubiera comprometido a no abandonarnos bajo ninguna circunstancia, la expansión y el arraigamiento de la fe pertenecerían al mundo de lo fantasioso. Entonces sí, el mundo sería para Jesús y su Iglesia esa ciénaga de la que se jacta el brutal inquisidor japonés al hablar de su país: una tierra podrida que envenenaría al árbol de la Verdad, impidiéndole echar raíces, matándolo, haciéndolo desaparecer de manera definitiva.

Pero la Gracia existe y alimenta al hombre. Quien la acoge (podría hablar de la acción de los Sacramentos, pero terminaría por perder el hilo de este artículo), descubre que su vida fructifica a la vez que contagia alegría y esperanza a su alrededor. Es la misma Gracia que sostuvo a los cristianos nipones durante tantos años de persecución; la que hizo posible la pervivencia de la fe en el enorme archipiélago, a pesar de la ausencia de sacerdotes; es la que sostuvo a los mártires de Nagasaki mientras agonizaban crucificados; es la que sostiene a los misioneros jesuitas durante todo el tiempo que permanecen unidos a Jesús, según el relato de «Silencio»; la misma que aquilató el corazón de los cristianos perseguidos en el México y la España de la primera mitad del siglo XX, la de los cristianos que hoy unen la sangre al agua de su bautismo.

«Silencio» nos cuenta los motivos de la apostasía de esos sacerdotes. Y el espectador los comprende, como sin duda los comprende Dios, que no se cansa nunca de entender, disculpar y perdonar, verbos que sostienen ese Amor radical que no conoce excepciones. Pero «Silencio» también nos muestra la negativa de los católicos japoneses —campesinos sin higiene ni estudios, pobres y hambrientos— a renegar de ninguna de las Verdades de la fe, y el valor con el que se resisten a pisotear las imágenes de Cristo y de la Virgen, conscientes de que aquella obcecación iba a conducirles al patíbulo. Es la Gracia, siempre la Gracia, por la que identificaban el martirio con una puerta al Paraíso, donde —como con tanta belleza expresan en un momento de la película— no hay dolor, ni persecución, ni trabajos forzados, ni impuestos abusivos… sino la unión definitiva con Dios, culminación de esa Gracia que se desborda.


Parece que a Scorsese, que ofendió sin necesidad a los cristianos con “La última tentación de Cristo” y que en muchas de sus películas quiebra las leyes de la decencia, también le ronda la Gracia. ¿Quién sería capaz de negarlo después de ver «Silencio»? Al director le ha sobrecogido la fe de catacumba de aquellas aldeas, transmitida por el testimonio de sus mayores, que ante la ausencia de pastores se encargaban de bautizar a los recién nacidos. Le ha sobrecogido la fe de los jesuitas que asumen tantos riesgos con tal de rescatar al padre Ferreira, del que les han llegado inquietantes noticias acerca de su apostasía. Le ha sobrecogido la capacidad que Jesús tiene de perdonar a través de sus sacerdotes, por repugnante que sea el pecador, por repulsivo y repetido que sea el pecado cometido. Le ha sobrecogido el rondar de Cristo alrededor de sus hermanos, incluso cuando estos le han negado en público. Le ha sobrecogido el poder de la Gracia, que es muy superior al de la muerte, como refleja en la escena final, cuando el espectador ya ha realizado todos sus juicios morales: basta la cercanía a la cruz, aunque la cruz sea diminuta, para que renazca un haz de luz.
Con esto del salto generacional, mis hijos —como los hijos de todas las generaciones— han trazado una línea invisible e imprecisa que separa «mi época» de «su época». La mía, claro está, comprende un tiempo del todo superado por ellos, en el que les parece casi imposible que yo y mis coetáneos lográramos sobrevivir. Y, sin embargo, nada les divierte tanto como que les cuente —yo o mi mujer, aunque en el caso de esta familia el encargado de narrar suele ser el padre, por eso de su oficio de literario— historietas de «nuestra época», es decir, anécdotas que sucedieron antes de que ellos llegaran al mundo, cuando los ordenadores tardaban un siglo en arrancar o, mejor aún, cuando no existían ordenadores, ni teléfonos móviles, ni internet… Un cúmulo de rarezas que les exigen cierto esfuerzo imaginativo para creer que sobrevivir en aquel desierto fuera posible.

Les digo, pero no terminan de creérselo, que también nosotros tuvimos que poner el mismo empeño para viajar con la mente a la «época» de nuestros padres y, más aún, a la de nuestros abuelos. Y que, al igual que les sucede a nuestros hijos, nada nos gustaba tanto como saber que proveníamos de aquellos orígenes del pleistoceno en los que no existía la televisión y en los hogares reinaba un transistor de radio, en los que las fotografías eran mundos en blanco y negro que cada cual debía colorear según le viniera en gana.

A fuerza de «épocas» de abuelos, padres, hijos y nietos, nos hemos convertido en cadena de transmisión de los grandísimos avances del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. Desde aquel primer automóvil que paseaba por una avenida de tierra sin necesidad de señales de tráfico, al coche del futuro, sin gasolina ni conductor. Cuando las cuatro generaciones nos damos la mano, abarcamos la anchura de un mundo cargado de sorpresas para las que ni Julio Verne estaba preparado. Y el milagro no es que Tintín pisara la superficie lunar unos cuantos años antes que Neil Armstrong, sino que mi abuela —la bisabuela de mis hijos— resultara fiel seguidora de la música de John Lennon y Joaquín Sabina, por poner dos ejemplos, o que por sus manos hubiesen pasado los discos de pizarra y gramófono, los vinilos de tocadiscos, las casetes de dos caras, el compacto y la música digitalizada para cada uno de los soportes inventados por el genio californiano de la manzana.

La de las abuelas, para qué negarlo, es la evolución más sorprendente de estos últimos ciento veinte años. A pesar del fuerte carácter de los matriarcados españoles, arrancaron el pasado siglo sin renunciar al injusto segundo plano que les había otorgado la Historia, regalando todo el protagonismo familiar a sus maridos de lustrosos bigotes, mientras con discreción alimentaban la estabilidad familiar con el cuidado de los detalles pequeños. El día que enviudaban, enlutaban para siempre, se retiraban del mundanal ruido y se entregaban a una vida de ancianidad que hoy nos sobrecogería, sobre todo al conocer que aquellos momentos coincidían con lo más lozano de su existencia. Pero es que por entonces la vida era mucho más breve, aunque las abuelas vivieran hasta rozar los cien años, o incluso los superaran. En concreto, era la juventud lo que transcurría apenas en un suspiro. Por eso había mujeres que parecían haber nacido vestidas ya de negro; mujeres que daban la sensación de haber sido viejas desde su primera comunión; mujeres hechas a vivir detrás de un visillo, entre silencios y suspiros.

Desde esa perspectiva, parece mentira el cambio que dieron sus hijas, que al luto le pusieron fecha de caducidad (un año; dos a lo sumo) y se negaron a servir de modelo para esa pareja de viejas castellanas con las que Forges ha firmado muchas de sus mejores viñetas. Esa fue la generación de mis abuelas, que fallecieron poco antes de que el siglo XX terminara, poco después de que el siglo XXI diera comienzo. Reconozco que también ellas cedieron el papel estelar de su matrimonio a mis abuelos, pero sin renunciar a las genialidades que cada una traía de cuna, que las hizo tan especiales. No fue hasta que cumplió los ochenta que una de ellas dejó de teñirse el pelo. No fue hasta que superó los ochenta que la otra dejó de viajar. Y si una de ellas reunía una sorprendente colección de electrodomésticos de cocina capaz de batirse con los de cualquier restaurante de postín, la otra podría haber presumido de un armario digno de la reina de la elegancia.

La tercera generación de abuelas ha dado inicio a su título y dignidad cuando el mundo ya no conoce las distancias. Es posible que muchas de ellas ni siquiera guarden luto el día que enviuden, quizás porque la pena se guarda dentro, quizás porque el negro ya no es símbolo de tristeza. Y es cierto que en su aspecto se confunden con sus hijas y, a este paso, no tardarán en hacerlo con sus nietas. Ellas han logrado convertir la juventud es un modo de vida —interno y externo— que no están dispuestas a perder. 


30 ene. 2017

Considero que con la mala alimentación a la que vivió entregado Ignatius J. Reilly —quienes hayan leído “La conjura de los necios” recordarán sus atracones de salchichas, los cubos de palomitas con los que se atiborraba durante las proyecciones del cine del barrio, las cucarachas que arañaban las baldosas de su cocina...—, la válvula estomacal que tanto le hizo sufrir (su cuerpo era una cisterna de gases) terminó por reventarle, de modo que el inolvidable personaje de John Kennedy Toole lleve un tiempo criando malvas. Sería una lástima, pues nadie como él se engolfaría más y mejor ante las bravatas que cada día nos regala el presidente Trump, quien reúne todos los atributos (externos e internos, manifestados e imaginables) para haber formado parte de aquella hilarante novela que, según mi apreciación, tiene sorprendentes vínculos con el humor de Jardiel Poncela, que en “Amor se escribe sin hache” aventuró el premio Pulitzer que recibiría el libro del escritor suicida.

Me basta recopilar las disposiciones de los primeros días de gobierno del magnate del flequillo platino, para imaginarme al voluminoso Reilly tocando insistentemente al timbre de la Casa Blanca, la cabeza embutida en la misma gorra verde de cazador con orejeras, repleta de brillos pulidos por el tiempo, las canas del bigote disimuladas con betún y debajo del brazo una carpeta con las ideas que a lo largo de los años ha recopilado en la oscuridad ratonil de su cuarto para la construcción de una nueva América. Apuesto a que Trump y el personaje de Toole habrían hecho muy buenas migas. Incluso que Mr. President no pondría reparo en que Ignatius decorara el despacho oval con sus mejores recortables. Así que maldita válvula, malditos gases, maldita alimentación.


23 ene. 2017

Contemplo un dibujo a página completa del genial Quino —el padre de Mafalda—, en el que nos cuenta qué es un escritor de oficio, un articulista de columna fija. En la viñeta aparece un hombre con los rasgos faciales apenas esbozados, dándonos a entender que podríamos ser cualquiera de los que tenemos la fortuna de asomarnos cada día, cada semana o cada mes al rincón de un periódico o una revista.

Hoy me ha ganado el capricho de pensar que soy yo la caricatura del argentino que borda a los náufragos y a los funcionarios, pues vivo sujeto a un oficio que, a veces, me hace sentir los tobillos presos por los hierros de la obligación, capaces de convertir el placer de escribir en un compromiso que cercena el ánimo. En esta visión un tanto descarnada se reflejan esos días en los que las ideas se resisten a bajarme de la cabeza al corazón y del corazón a los dedos a causa de las fechas de entrega, de tal forma que dejo de medir las semanas de lunes a domingo para hacerlo al albur del compás marcado por los editores.



En el dibujo, el personaje sostiene con una mano un hilo. Un simple hilo. El hilo tonto que nos cuelga de los bajos de la chaqueta o de las solapas del abrigo. Ese hilo que cualquier desconocido, en un gesto de caridad, se siente en la obligación de cortarlo para ofrecérnoslo como quien entrega un trofeo: «Es suyo». En la otra mano, la caricatura empuña una pluma, metáfora del teclado del ordenador. Y sobre la mesa en la que apoya los codos hay una hoja interminable, una resma que se pierde en el infinito con todo lo que el escritor ha sido capaz de exprimirle al dichoso hilo. Así es nuestro oficio: escribir con ganas y sin ellas, de lo grandioso y lo que no tiene valor, colmados de inspiración o secos como una salina.
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