13 feb. 2018

Visito la Catedral-Mequita de Córdoba sobrecogido. Mientras paseo bajo sus filas de dobles arcos de herradura, adivino las salmodias de aquellos que se echaban de hinojos sobre los antiguos suelos alfombrados, miles de musulmanes del siglo VIII, IX y XX, con el corazón y el espíritu dirigido a la Meca, repitiendo a una las suras que cantaba el imán. Tras la reconquista de aquella vieja tierra cristiana, San Fernando ordenó, con una fe de gigante, que volviera a celebrarse una misa, la primera eucaristía en trescientos años, en aquella casa de oración. No en vano, fue el mismo templo donde, en la Hispania romana y católica, los sacerdotes de la primera hornada de los discípulos de Cristo (qué son cinco siglos en aquel mundo que desconocía las prisas) consagraron el pan y el vino con la misma fórmula que empleó Jesús en su última cena, la misma que hoy, veintiún siglos después, repiten todas las misas de la tierra, con una fe pétrea en el milagro de los milagros.

Unas pequeñas ventanas en el pavimento de la Catedral-Mezquita muestran a los visitantes los restos de la iglesia anterior al fragor de las cimitarras africanas. Es un pavimento de teselas, según el gusto de Roma, y una inscripción que dice que allí estuvo la casa del obispo, es decir, el templo en el que se reunían aquellos primeros cristianos andaluces alrededor de su pastor.

Todas esas reliquias de la antigüedad: el suelo de la primera iglesia, la superficie mora, el bosque de arcos musulmanes (con la superposición de elementos exóticos que encierran ecos de imperios de celosías de yeso y cristal, de sedas, cueros y babuchas) así como el espacio reservado —en el centro de la mezquita de los hombres de pieles oscuras, barbas afiladas y turbante— para el altar mayor, clama por la oración de generaciones y generaciones, así como por la necesidad que tenemos los hombres de todos los siglos de rendirnos ante el Misterio, a pesar de la indiferencia de la mayoría de los turistas que hoy entran en los grandes templos de la cristiandad como quien visita un museo, ávidos de fotografiarlo todo, con el desconocimiento de quien piensa que una iglesia es un museo de reliquias, de magias antiguas, de supersticiones a las que no saben poner nombre, porque para la posmodernidad Dios y la historia sagrada son difusos, prescindibles, a pesar de que el hombre moderno necesita respuesta para las mismas preguntas: quién soy, de dónde procedo, hacia dónde voy, por qué estoy preso del devenir del tiempo, qué hay detrás de la oscuridad del dolor, por qué precisamos amar y que nos amen, qué significa morir...

El catolicismo lleva sobre los hombros injustas acusaciones históricas, eso que hoy se conoce por «leyenda negra», bien ejemplificada en los clérigos de tantas novelas y películas de época, en las que la intransigencia, la brutalidad, la falta de sentido común, de finura, de apertura de mente son rasgos que distinguen hábitos y sotanas. Sin embargo, tenemos los viejos templos para desmentirlo. San Fernando y sus huestes podrían haber destruido lo que hoy lleva el marchamo de patrimonio de la humanidad: no en vano fueron los musulmanes los que derribaron los muros de las iglesias y sus campanarios para levantar las mezquitas, por lo que se me hubiera antojado comprensible si los ejércitos cristianos, en vez de conservar los elementos de aquella arquitectura religiosa, los hubiesen derruido para erigir catedrales, parroquias, conventos y ermitas de nueva planta que desmigaran cualquier vestigio de la cultura enemiga. Comprobamos que el resultado es otro: el cristianismo ha sido integrador, de tal modo que hoy nos permite conocer, disfrutar y admirar el recorrido de la fe, aunque esta, durante siglos, haya estado en manos infieles.






12 feb. 2018

¿Calentamiento global?... Pues aquí hace un frío de bigotes, muy parecido al de mi infancia —en el mismo lugar y el mismo mes—, cuando a la hora del patio rompíamos a pisotones o a pedradas la capa congelada de los charcos. Un experto en el tema escribe que, ante la falta objetiva de realidades que certifiquen la calamidad universal, los gurús de la religión de la catástrofe climática decidieron cambiar la nomenclatura para no volver a pillarse los dedos: por eso ahora es obligatorio prescindir del «calentamiento global» a favor del «cambio climático», tanto monta, monta tanto, que al no vincular su título con ningún fenómeno concreto (ni frío ni calor, ni lluvia ni desierto, ni placas del Polo ni mar que se evapora) logra estremecer a la sociedad sí o sí. Nada hay más útil que el miedo para controlar las masas.

Seguir leyendo en El Correo en Andalucía.

Hace una semana España quedó cubierta de nieve. Cómo no sería la cosa que en Madrid algunos padres nos vimos obligados a recoger a nuestros hijos antes del final de la jornada colegial, no fueran a quedarse atrapados en la nevada. Recordé que una o dos veces sucedió algo parecido durante mis años escolares, en los que todavía no se había inventado el Coco del cambio climático.


Tras el hundimiento del comunismo, los poderosos se han visto obligados a sacar de la chistera ideologías sorprendentes, opios del pueblo para impedir una revolución social que reclame el sentido común del que nos privan. Esto del clima es uno de los cuatro o cinco disparates que nos gobiernan, a pesar de que reconozco que también me lo creí cuando volví a ver el Kilimanjaro, después de treinta años, casi ayuno de nieve. ¿Calentamiento global?... Normalidad en una Naturaleza siempre en movimiento.

5 feb. 2018

Un telediario es un resumen interesado de las últimas horas de España, con algunos pellizcos a lo que sucede en el resto del orbe. Ese interés lo ponen los editores, en fiel obediencia a su consejo de administración. De todos modos, basta un rápido barrido por los canales del televisor para ver que todos ofrecen, más o menos, lo mismo. Las ideologías clásicas apagaron los plomos y se prendió el espectáculo cansino de una España monocromática, monocorde y abusivamente sangrienta.

El cromatismo del telediario es oscuro (del gris marengo del asunto catalán, al gris plomo del gobierno y del principal partido de la oposición; del amargo violeta podemita, al azabache de la crónica judicial; de los siena tostados de los datos macroeconómicos, al tierra oscuro de las ristras de sucesos. Y el rojo, mucho rojo arterial). Su sonoridad tampoco abandona una parecida uniformidad sombría. O bien nuestro país es un túnel insalubre como la Sevilla inventada y deleznable de “La peste” de movistar; o el telediario no tiene cámaras, reporteros ni ganas de contar las cosas de otra manera y con otra perspectiva.

Seguir leyendo en El Correo de Andalucía.

Lo he cavilado durante los días que han seguido al cincuenta cumpleaños del Rey y a la imposición del Toisón de Oro a la Princesa de Asturias, pues los telediarios se vieron obligados no sólo a dar la noticia, sino a colocarla en el primer lugar de su escaleta. Y como ambos acontecimientos vinieron de la mano, los treinta minutos de noticias tuvieron, de pronto, otro color y otro tono. Los sinvergüenzas, traidores, corruptos, violadores, asesinos, maltratadores, quejicas y aprovechados, únicos protagonistas del desalentador serial, se vieron eclipsados por las miradas cómplices entre el monarca y su hija, por un discurso de un rey a su heredera cuajado de estímulos positivos, y por unos preciosos ojos infantiles en los que brillaban tradición, novedad y esperanza.










4 feb. 2018

Educar a los hijos no es tarea fácil. Incluso, en ocasiones es incómoda porque compromete. En mi caso el mayor compromiso tiene que ver con mi tendencia irrefrenable a la comodidad: un hijo, una colección de hijos —una camada, que así suena más rotundo— es una presencia perturbadora para el egoísmo del padre que va cumpliendo años. Si con la llegada del primero de mis vástagos conseguí desvivirme en los mil detalles que trae aparejada tan dulce novedad, con la cuarta había adquirido toda clase de querencias para excusarme de lo inexcusable. Por ejemplo, ante sus llantos nocturnos, que durante meses fueron como tener una sirena de la policía dentro de su cuna. La querencia ante la agresión sonora de madrugada, era simular que estaba dormido, como si fuera posible no despertarse con aquel lloro insoportable. Pero, como decimos en España, mi truco «no colaba»; mi mujer no se creía mis ronquidos impostados y me exigía que me pusiera en pie para tratar de calmar a la criatura. A los dos años, en otra de esas noches interrumpidas por el desconsuelo de mi hija, de camino a su habitación dando traspiés por el pasillo oscuro, en la rendición de mi impaciencia no tuve mejor idea que encerrarla en un armario, anécdota que ahora forma parte del jolgorio de las reuniones familiares. Eso sí, todos saben que el castigo funcionó.

Cuando las familias son cortas, es decir, cuando el matrimonio tiene pocos hijos (a veces uno, nada más), los llantos infantiles no tardan en olvidarse, de igual modo que los consejos acerca de la educación, porque suele ser el niño quien impone las reglas. No siempre pasa, por supuesto, ya que abundan las personas sin hermanos que disfrutan o han disfrutado de unos padres que marcaron un rumbo claro, cariñoso y exigente para su único vástago, que hoy es un hombre o una mujer a quien es fácil identificar por la suma de sus virtudes humanas. Sin embargo, en las sociedades acomodadas suelen ser personas levantiscas, inconstantes, caprichosas y casi tan egoístas como yo, aunque en mi defensa diré que fuimos cinco hermanos que tuvieron unos padres que nos permitieron pocos caprichos.

Hay momentos del día a los que llegamos cansados y deseosos de paz y entretenimiento. Es la ocasión para disfrutar de una película o una serie en el televisor, o para sentarnos a leer un libro envueltos en el silencio, o para escuchar música. Pero es entonces, casi siempre, cuando aparece uno de nuestros hijos —si no dos, tres… o todos juntos— demandándonos tiempo y atención. Lo bucólico que pudiera tener la familia se rompe en ese instante para dar paso a lo sacrificado. Mas es en esa atención cuando la paternidad cobra todo su valor: uno existe para servir, y el primer servicio es el que prestamos a las personas que más queremos, a las que tenemos más cercanas, a aquellas sobre las que ejercemos una responsabilidad. ¿Acaso hay un negocio mejor que forjarlos como hombres y mujeres de bien?

Quienes saben de la materia, están convencidos de que cada gesto de amor de un padre a un hijo tiene como recompensa la repetición, una vez ellos sean padres, aunque en el presente nos embargue la sensación de que no se enteran de nada, especialmente cuando transcurre la adolescencia. De igual modo, cada gesto desabrido, cada mala respuesta, cada desdén también se graba en su memoria, con la grave posibilidad de que en un futuro lo repliquen en nuestros nietos. Y quienes han cumplido con el dignísimo papel de ser buenos padres, aseguran que cada esfuerzo que pongamos por superar la comprensible tendencia a la comodidad, acaba por dar bellísimos frutos. El primero de ellos: la felicidad de los nuestros, razón innegociable por la que merece la pena vivir.



Subscribe to RSS Feed