22 may. 2017

El ritmo con el que vivimos en las grandes ciudades, nos obliga a aprovechar los “tiempos muertos” en aras de la convivencia familiar. Así, llevar a los niños al colegio se ha convertido en momento principal para ejercer la paternidad, la maternidad. Además, si las dificultades del tráfico demoran el traslado, resulta que automóvil pasa a ejercer la función que antaño cumplían el salón o la cocina de casa.

En esas me encontraba (de primera a segunda marcha, y otra vez a primera), charlando de lo divino y lo humano con mis vástagos, cuando a nuestra derecha se incorporó una furgoneta adornada con mil colores. De un vistazo la pequeña de mis hijas leyó “guardería” en el titular que abanderaba el lateral del coche. Es tal la llamada que siente hacia la infancia, que siempre cuela su mirada por los cristales de ese tipo de vehículos cargados de “colegas de primeros pasos”. Cual no fue su sorpresa —y enseguida la mía y la del resto de mis hijos— al silabear las palabras que venían a continuación: “para perros”; “Guardería para perros”. A renglón seguido, la furgoneta especificaba: “Regala felicidad a tu mascota. Recogidas y entregas a domicilio”.

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Recreamos en un momento la jornada en dicha guardería. ¿Realizarían las mascotas figuritas de plastilina para sus amos? ¿Pintarían con las patitas en hojas de cartón? ¿Apuntarían sus “maestros” el número y clase de deposiciones? ¿Les darían jeringazos de Dalsy y Apiretal? ¿Cuántas veces telefonearán las “mamás” y los “papás” de los perros para preguntar por la felicidad del animalito? Además de las risas con las que formulamos cada duda, resultó imposible no mencionar de la necedad y decadencia de Occidente, que ha entronado a los animales domésticos en un podio que solo le corresponde al hombre.



15 may. 2017

Escribo con la manta eléctrica abrazándome los riñones. Ayer me agaché para cortarme las uñas de los pies —siento detenerme en el detalle—, y la espalda me crujió como cuando partes un puñado de espaguetis antes de echarlos a la cazuela de agua hirviendo. Apenas fue un instante, un latigazo, un calambre que me subió por la pierna y me hizo salir del cuarto de baño malherido, desequilibrado como la torre de Pisa, achaparrado, retorcido en la peor de mis versiones, con un «¡ay!» en los labios que todavía no se ha descabalgado de mi boca. Desde entonces, pobre de mí, todo gira alrededor de esta repentina ciática. Mejor dicho: todo lo hago girar alrededor de esta repentina ciática. Mi mujer, mis hijos, la mujer que trabaja en casa y hasta mi perro saben, sin necesidad de estar a mi lado, que me acabo de sentar o de incorporarme gracias a mi plañidero quejido, porque todo hombre que se precie no puede padecer un dolor físico sin conseguir en su entorno ciertas miradas de conmiseración.

Alguien me advirtió que este es el sino de la vida a partir de los cuarenta. Es más, que los dolores, arreones, pellizcos, goteras… son señales de que sigues vivo; que lo malo sería que no nos dolieran las rodillas, la cabeza, el pescuezo… Un supersticioso añadiría: «lagarto, lagarto. Por mí, que me duela todo».

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Reconozco que una ciática no es para tanto, aunque duela y nos haga, de pronto, adquirir el perfil de un anciano derrengado, lo que no nos viene mal, ya que es una manera práctica de conseguir que se nos bajen los humos, precisamente a los hombres, quienes en nuestra vanidad inicua gustamos de pensar que las canas nos han regalado solemnidad, que las arrugas nos ofrecen un barniz de sabiduría, que la tripa —si se sabe sostener, disimular, con el cinturón— es la causa de ese volumen corporal tan interesante que nos distancia de la delgadez grimosa de aquellos que -¡cómo pica la envidia!- comen de todo sin sumar un gramo a su perfil. En fin, que nos extraña que no nos paren por la calle por confundirnos con George Clooney, qué menos, pues la papada que empieza a esbozarse, los pelos medio transparentes que brotan en el arco de las orejas, los de las cejas —más gruesos y oscuros—, las bolsas bajo de los ojos o la necesidad de sustituir una muela por un implante, son gajes del tiempo que sabemos disimular con maestría, de tal modo que nos sabemos irresistibles, ¡necios!, en vez de reconocer que hace tiempo perdimos el poco sex appeal que nos quedaba, si es que algún día tuvimos siquiera unos gramos de apetecible apariencia.

La manta eléctrica que ahora me alivia, lleva escrito a gritos que han comenzado a aparecer los girones de la decadencia física. Hoy es la citada ciática y mañana será el músculo del trapecio, que si tiene un nombre divertido no resulta nada jocoso cuando empieza a doler.

Lo más humillante de este relato de mis pupas es que los varones no sabemos disimularlas, a pesar de la hombría que se nos supone. Algo distinto sucede con las mujeres, al menos con las que he tenido ocasión de tratar, incapaces de detener el ritmo de sus obligaciones por un dolor como el que ahora soporto, incluso por un dolor multiplicado por diez. Este es uno de los motivos por los que alabo la sabiduría de la Naturaleza: ellas paren con dolor; si de los hombres dependiera, el mundo hace tiempo que sería un erial.

¡Ay, cuánto me duele!



Es tan breve la vida que se nos hace indispensable proyectarnos en la de los demás. Por eso el éxito apabullante de la prensa del corazón. Quien más quien menos, de manera consciente o escondida allí donde rizan las olas del inconsciente, se asoma a las páginas del “¡Hola!” para mirarse en ese teatrillo dantesco de felicidad maquillada que, después, simulamos con la crítica mordaz del te has fijado en lo que ha dicho, cómo va vestida, la pinta de su nuevo amante, si ya va por la cuarta, qué desfachatez, pues mira que me encanta cómo ha decorado su casa. Por eso vemos cine y series, en las que somos quienes nunca seremos, héroes y heroínas, protagonistas de aventuras imposibles. Por eso leemos novela, placer incomparable que nos obliga a trabajar todos los sentidos desde el umbral de la imaginación.

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Es tan breve la vida que se nos hace indispensable proyectarnos en la de los demás. Por eso el éxito apabullante de las páginas de sucesos. Quien más quien menos, de manera consciente o escondida allí donde rizan las olas del inconsciente, se asoma a la tragedia que arrastran algunas noticias, con el ímpetu de reflejarnos en el dolor inconsolable de otros. Caen dos adolescentes por el vacío, dentro de un ascensor desgajado, y son nuestros hijos los que caen. Y esa noche no podemos conciliar el sueño. Tampoco mis hijos, que por unas horas son esos adolescentes en quienes se rompen todos los sueños contra el cemento. Aunque no los conocemos, somos también el padre y la madre de ambos, y le preguntamos al silencio del dormitorio cómo se puede vivir con el desgarrón de tamaña ausencia. Y aunque nunca estaremos junto a esas familias, le pedimos al viento de la noche que les lleve nuestro pobre consuelo.

26 abr. 2017

Hay personas en las que el pesimismo parece un rasgo de carácter genético. De ellas decimos que ven la botella medio vacía porque nos advierten que a pesar del día soleado, pronto vendrán las nubes. Y nos recuerdan que los hijos vienen al mundo cargados de problemas. Y se lamentan del calor y del frío. Y comienzan las vacaciones advirtiendo los días que les quedan para regresar al trabajo. Son los avisadores de que vienen tiempos de vacas flacas, de crisis, de fracasos. Y están convencidos de que las cosas solo pueden ir a peor.

Pero el pesimismo es un vicio que se gana a base de empeño. Nadie nace con la propensión a la negrura; tiene que haber un momento, una circunstancia, una compañía que tuerza el camino natural del hombre —que se recorre con esperanza— para que la mirada se concentre, a partir de entonces, en la profundidad de los pozos.

La vida en familia es escuela de casi todo. De casi todo lo bueno y de casi todo lo malo que al crecer portamos con garbo o arrastramos como un fardo repleto de metales oxidados. No en vano el hombre es relacional por naturaleza desde el mismo momento —me atrevo a asegurarlo— de su concepción, cuando se inician los vínculos indestructibles (para bien y para mal) con los que compartimos sangre y raíces. Por eso es tan importante que las familias, incluso antes de formarse, cuando los esposos aún no son esposos sino novios que barruntan una vida en común, reciban una educación que les enseñe a vivir y transmitir el optimismo consustancial al ser humano.

Chema Postigo ha fallecido en Barcelona a los cincuenta y seis años. Con motivo de su muerte se ha difundido con una fuerza arrolladora el testimonio de su vida, que es una vida en familia y para la familia. No en vano fue el séptimo de catorce hermanos, y se casó con Rosa, novena de dieciséis. Y por si estos detalles no fueran suficientes, han sido padres de dieciocho hijos —¡dieciocho!— en una Europa que contempla la maternidad repetida como un insultante pecado. De los dieciocho, perdieron a tres a causa de un problema congénito en el corazón, pero la aparente desgracia, el dolor desgarrador, nunca ha ensombrecido la alegría contagiosa de su hogar.

Con tan extraordinaria camada, uno entendería que Chema y Rosa se hubieran dedicado solo a su hogar (preocupaciones a causa del sueldo, de las limitaciones de espacio del piso en el que viven, de las vicisitudes del día a día aparejadas a la crianza). De hecho, para un pesimista la historia de este matrimonio es la confirmación de que el ser humano se suele dejar llevar por la locura. Nada más lejos de la realidad: además de la calidez que irradian cada uno de sus hijos y todos ellos en conjunto —hablo de niños y chicos normales: ruidosos, juguetones, adolescentes, maduros y en proceso de madurez—, el matrimonio decidió echarse sobre los hombros la apasionante tarea de enseñar a ser felices a novios, esposos e hijos, no solo en Cataluña (que sería bastante), ni siquiera en toda España (lo que solo parece al alcance de unos superhéroes de la Marvel), sino de un montón de países, europeos, asiáticos y africanos. Chema y Rosa se desplazaban por el planeta y acogían a alumnos venidos de los cinco continentes.

Nadie de quienes conocimos a Chema dudamos de su más que probada santidad. Nos encantaría verlo en los altares y que la Iglesia le nombrara patrono e intercesor de las familias numerosas, de la educación de las familias, de la dicha matrimonial, de la cordialidad, de los enfermos cardiacos o, por qué no, de los optimistas a prueba de bombas. De hecho, fue un especialista en pinchar el globo del pesimismo.





17 abr. 2017

España es un país de raigambre católica, como una vez más nos han demostrado las imágenes de una Semana Santa que ha recorrido el país de cabo a rabo. Basta que las imágenes comiencen a “procesionar”, para que nos reconozcamos en lo que va unido a la madera tallada: la fe de nuestros padres, o de nuestros abuelos o de las generaciones que fueron, y fueron cristianas. Pretender arrancar de los españoles esta herencia (actualizada y vivida, además, de manera habitual por millones de ellos) es empeñarse en no querer ser lo que somos, en no querer comprendernos. Mientras las realidades ideológicas se marchitan —lo mismo da referirme al Antiguo Régimen, a la constitución de Cádiz, a las desastrosas repúblicas, a la dictadura o a esta democracia del 78—, con un coste altísimo de vidas, el catolicismo se ha mantenido y se mantiene porque está enraizado, diga lo que digan los barómetros sociológicos, los programas mamporreros de televisión o los partidos políticos que desdeñan la cruz. Incluso los siglos en los que los moros se pasearon a gusto por la Península quedaron para los libros de Historia gracias a la cruz, cuando la la piel de toro era la urbanización de lujo para los aristócratas de las tribus del norte de África.

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Otra cosa es el nivel de compromiso de los católicos españoles, la caída en la práctica religiosa, la disolución de la fe en la res pública o el triste y decadente acostumbramiento de la sociedad a actividades inhumanas legisladas en aras de la Libertad de Occidente. Hay crisis de fe, es innegable. Mejor dicho: son muchos los españoles que viven como si Dios no existiera. Pero llega la Semana Santa y… la sal del mundo sazona de nuevo la añoranza de un pueblo que reconoce y necesita de la trascendencia.
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