8 oct. 2017

Quien tenga unos años, sabe que un padre y una madre jamás pusieron el pie en la universidad en compañía de sus vástagos, como tampoco se molestaron en hacerles la matrícula, pedir cita con un profesor o llevarles la mochila cargada de libros, imágenes hoy extrañamente habituales. Ahora que a los padres se nos brinda la oportunidad de conocer las facultades en las que estudian nuestros hijos, he tenido ocasión de presenciar un espectáculo impagable: salón de grados a rebosar y mesa redonda en la que la decana y una antigua alumna de la carrera en cuestión, llevaban el mismo vestido floreado (del mismo color y estampado). Antes de que hablasen, pensé que era el uniforme de la facultad, lo que choca de frente contra cualquier universidad, más si es española y pública. Pero en cuando hicieron las presentaciones de rigor, comprendí que se trataba de una maldita casualidad de la que —lo confieso— me regodeé mientras duró el acto.

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Circulan por las redes sociales las fotografías de una boda en Australia en la que —¡oh, demonios del prêt-à-porter!— seis invitadas, seis, coincidieron con el mismo vestido. Supongo el malestar durante la ceremonia, incluso la vergüenza que debieron pasar. Después se lo tomaron a broma, como demuestra el gesto de sus caras en las instantáneas junto a la novia. La prenda es feísima, lo que honra aún más su sentido del humor y esa manga ancha para aceptar las pequeñas puñetas con las que suele golpearnos la vida. Somos una especie gregaria, también a la hora de comprar: otros son los que deciden qué vamos a ponernos, en serie, como si fuéramos coreanos del norte disfrazados el día de Kim II-sung, que son todos los del año. Les apuesto, además, que la empresa que manufactura del nombrado vestido está haciendo su agosto.


2 oct. 2017

Cuando de adolescentes estudiábamos —en clase de Historia— la Revolución Industrial, mi imaginación se llenaba de barro, olor a coles cocidas, niebla fabril y niños de Dickens, y creo que no iba mal encaminado. Algo sucedió en aquellos tiempos en los que se inventaron las fábricas y el trabajo en cadena, que no me gustaba. De hecho, el panorama que acabo de describir no puede resultar más desolador. Pero hoy, pasados los años y después de muchas lecturas y mucho tiempo viviendo al aire libre, comprendo que lo funesto de aquella etapa del mundo fue el crecimiento desmesurado de las ciudades y el abandono del campo, es decir, la deshumanización de los hombres, que pasaron de saberlo todo del vecino a desconocer quién vive en el piso de al lado.

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Otra consecuencia fue que nos desligamos de la Naturaleza. En la ciudad importa muy poco el paso de las estaciones, así como el equilibrio tan delicado entre la acción humana y eso que hemos venido a llamar medio ambiente. En el empacho de la luz eléctrica, ¿qué valor tienen para nosotros las fases de la luna, clave en la vida de los pueblos hasta antes de ayer? ¿A qué urbanita le causa preocupación la sequía, cuando los supermercados siguen atiborrados de comida? ¿A quién le duele que millones de hectáreas se hayan transformado en monocultivo para que tengamos la despensa llena? Los cazadores se quejan de que apenas quedan palomas de paso, de que la perdiz roja es ya un triste ayer, de que no hay codorniz y de que el conejo de monte prolifera en las zonas ajardinadas de Madrid, pero ha desaparecido del paisaje mediterráneo. No hay cangrejo de río, no hay trucha, no hay salmón… Pobre Miguel Delibes, que se fue a la tumba con este dolor clavado en el alma.

1 oct. 2017

Confieso que he robado. ¡Qué vergüenza! Pero, para qué voy a ocultarlo. Sí, pertenezco a esos dos de cada tres españoles que alguna vez nos hemos llevado algo de un comercio sin pagarlo. De hecho, fue en mi primer viaje a Londres, a los dieciséis años, cuando me estrené en esta mala arte: salí de una tienda en Oxford Street con una dentadura de plástico que, cuando le dabas cuerda, empezaba a dar saltitos desaforados mientras abría y cerraba la mandíbula. Supongo que costaba una libra. Incluso menos. Pero no fue el dinero la causa de mi delito, sino la emoción de ejercer de latino ante aquel escaparate en el que un cartel decía —otra vez, ¡qué bochorno!—: “Prohibida la entrada a los españoles”. La razón: el robo como parte del entretenimiento de aquellos viajes de idiomas.

También robé unos muñequitos de plástico durante el viaje de novios. Lo siento. Fue por hacer unas risas. Estúpidas risas, porque uno no debe reírse a cuenta de los productos que cualquier tendero pone a la venta. Así que estoy arrepentido. Es más, me arrepentí pronto, en cuanto coloqué los muñequitos en mi nuevo hogar: cada vez que los miraba, ellos me acusaban desde sus ojos redondos y pintados en serie. Durante el mismo viaje —lo sabe mi familia, los amigos más cercanos—, en un hotel de Los Ángeles, después de darme un baño en la piscina, mientras me acercaba al ascensor envuelto en un albornoz —nunca he vuelto a caminar con semejante aspecto por el hall de ningún otro hotel—, arramplé con una vistosa botella de aceite de oliva en cuyo interior flotaban fresas y unas hierbas. Formaba parte de la decoración de una mesa repleta de verduras. Y también me arrepentí, porque más allá de la trastada (me doy cuenta de que por entonces era un niño grande), podría haberme creado un gravísimo problema, y a mi mujer también, siendo ella inocente, pues a los norteamericanos no les cabe en la cabeza que nadie se lleve las cosas porque sí, y bien pudiera haber acabado con mis huesos y mi estupidez en un calabozo.

No tendría por qué decirlo, pero tiempo después realicé una suma aproximada del coste en euros de aquellos productos, y la eché en el cestillo de la parroquia, pues el pecado del hurto sólo se perdona cuando uno restituye, de alguna manera, el precio de su maldad, aunque maldad, maldad, considero que hubo poca.

Leo, sin embargo, que las grandes superficies y las tiendas de todo tipo asentadas en nuestro país deben apuntar, en el dibujo de su presupuesto anual, una cantidad importante en concepto de robos. Si en un local de venta de golosinas alguien se lleva una piruleta sin pagar, apenas se nota cuando tras el cierre el empleado hace la caja. Pero si no es una piruleta sino cien, mil, tres mil… las que desaparecen como por arte de magia, el agujero se hace importante. Y no hablamos solo de piruletas. En los bolsillos, en las mochilas, debajo de los abrigos, en los bolsos caben muchos artículos cuyo coste supera los tres dígitos. Incluso hay quien entra en el establecimiento con imanes para poder quitar las chapas de seguridad, que son el mejor señuelo para quien pretende llevarse las cosas sin retratarse.

Los tipos de pena por estos delitos menores han cambiado. Ya no se zanjan con una multa sino que el ladrón puede dormir a la sombra de unas rejas por llevarse una colonia, un par de zapatillas, un CD, una bolsa de naranjas, una blusa de seda y hasta la nombrada piruleta. Así que me acuerdo de los dientes saltarines, de los muñecos de PVC, de la botella de aceite, y me cubro de un sudor frío que hasta ahora no había sentido.


España es un país singular. Ojalá dejara de serlo por lo largas que son nuestras manos, por esa picaresca con la que unos y otras se cuelan en los transportes públicos sin pagar el prescriptivo billete, por la de aquellos que aprovechan el momento de hacer la compra para tomarse un aperitivo a costa del almacén, pues después de saborear las patatas fritas, los frutos secos, abandonan el empaquetado de su malicia detrás de cualquier expositor. Ojalá se contagiara, por otra parte, el necesario espíritu de la restitución. Palabra de ladrón arrepentido.

24 sept. 2017

México es una nación apasionada. Parece el lema de una campaña publicitaria, pero lo siento así. A pesar de que sólo he tenido ocasión de visitar el país en una ocasión, me bastó asomarme a la mirada dulce de la Señora de Tepeyac, milagrosamente sostenida sobre la tilma de san Juan Diego, para convertirme en guadalupano. María recoge a todos los pobres del continente (¡que han sido y son millones!), a esos cristianos sufrientes que están reflejados en los ojos de la Emperatriz de América.

Supe del amor de Enrique Ponce, el torero, por la Virgen de Guadalupe, de las experiencias milagrosas que ha vivido —también junto a Paloma, su esposa— en el camarín donde cada noche se recoge la venerada imagen. Al narrarlas, Enrique transmite la misma emoción con la que conduce hasta el cerro a sus amigos que visitan el Distrito Federal, para que también queden cautivados por esa Morenita encinta.

Ponce es el “consentido”, que es como apodan en la Monumental a aquellos matadores que disfrutan de un idilio con el público que llena sus tendidos. Es difícil lograr ese favor. Pero mucho más complicado es mantenerlo durante tantos años. Pero esto pertenece al ámbito de la Fiesta, y aquí no puedo entretenerme en ponderarlo, por más que los toros me gusten a rabiar.

Al colegio de Madrid donde estudian sus hijas, Enrique y Paloma han regalado un palio para que el sacerdote lo coloque sobre el cáliz durante la celebración de las misas de fiesta. En el palio —no podía ser de otro modo— hay engarzada una imagen en plata de la Emperatriz, traída directamente de Tepeyac.

La Morenita preside la capilla que Ponce coloca en el hotel antes de salir al ruedo. Supongo que le reza para que ni él ni sus compañeros sufran ningún accidente en la plaza. Es consciente de que lleva más de treinta años enfrentándose a la muerte. Incluso la ha visto de cara: no solo tiene el cuerpo lanceado a cornadas, sino que es contemporáneo a un puñado de toreros que han perdido la vida en la arena. Es el precio altísimo por ejercer ese oficio en el que la estética y el valor deben vérselas con la irracionalidad de un animal peligrosísimo. Quizá por eso Enrique entiende que la vida está ligada a la muerte, lo que no es una tragedia desde los ojos de la fe.

«Qué distinto es morir cerca de Dios», me decía. «Qué distinto vivir una enfermedad terminal sabiendo que te espera el Cielo». Y es que ha acompañado, entre compromiso y compromiso por los ruedos de España, el tramo final de la vida de una mujer aquejada de cáncer —Hortensia—, a la que quiso llevar su consuelo y de la que recibió auténticas dedaladas de esperanza. Porque ella tenía claro que le quedaba muy poco tiempo para reunirse con Dios, para abrazar a la Guadalupana. Y a pesar de todo no perdía la sonrisa cuando Enrique y Paloma aparecían en su habitación de hospital. «Me prometió», continuó, «que cuando llegase al Cielo iba a rezar para que todos los toreros volviéramos sin un rasguño a la habitación del hotel».


El pasado mes de agosto, Enrique toreaba una corrida muy especial en Málaga, cuyo diseño estético (un pintor reconocido había decorado los burladeros, una orquesta sustituía a la banda, famosos flamencos iban a amenizar las faenas…) corrió de su cuenta. Le propuso a Hortensia que se preparara para disfrutarla por televisión, pues quería sentir que le acompañaba desde el hospital. Ella falleció una hora antes de que se iniciara el paseíllo. «Ahora Hortensia es una más de mis seguidoras del Cielo», concluyó. Allí, junto a la Emperatriz, le lanza flores cada vez que recorre el ruedo con sus trofeos.                           

18 sept. 2017

Es mejor salir de casa con la lista pensada y escrita, con tachones sobre aquellos productos que no son necesarios o que pueden esperar hasta dentro de unos días, cuando el eco de la nevera y la despensa nos obliguen a regresar al supermercado. En otro caso, el carrito se irá llenando con fruslerías que después tienen sus consecuencias en la caja registradora. Cuánto varía la suma de una compra (la largura de un tique, la cantidad total a pagar) si uno se ha tomado la molestia de realizar esos contrapesos, de dar esas prioridades. Lo saben los empresarios del ramo, que salpican los pasillos con uno y mil trucos para que el cliente pique —en el mejor de los sentidos— y compre aquello que no tenía apuntado ni necesitaba.

Quienes hacen la compra a menudo, saben a qué me refiero cuando escribo acerca de la largura del tique. Las familias numerosas solemos llevarnos la palma: metro y medio de tira blanca en la que viene el nombre del producto, su cantidad, su número de registro, su precio unitario y el total. Entran ganas de abrazarse la garganta con una, tres, seis vueltas de esa serpiente con piel de euros enloquecidos. ¡Ay, lo que nos cuesta mantener al futuro de España! Nuestros hijos, a partir de los doce años, comen como si fuésemos a sufrir un desabastecimiento a cuenta de no se sabe qué independencia.

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Los supermercados apenas cuentan con las familias grandes. Puede ser que su negocio no esté en el volumen (lo mismo se vende un saco de tres kilos de patatas que uno de seis) y sí en la variedad. Los alimentos, la droguería, los productos de limpieza se han diseñado para otro tipo de cliente: aquel que no necesita escribir una lista, pues llena el carro a impulsos, ni aporta demasiado al futuro de este país.
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